Hay veces que dan ganas de ser políticamente correctos para evitar satanizaciones del bando progresista: pedir 100 años de cárcel para quien mató a un jaguar en su casa, porque debió atraparlo con sus manos y meterlo en una jaula como si fuera un gatito. Admitir que el centralismo es bondadoso con Santa Cruz, que los cambas son unos chupasangres del Occidente y que se robaron la riqueza del altiplano. Aceptar que los interculturales son indígenas, que tienen derecho a reclamar tierras a balazos, avasallando la propiedad privada; que la privatización es mala, la nacionalización puede funcionar, el Chapare es una región de campesinos pobres, la coca es sagrada y el socialismo puede marchar, porque quienes fallaron fueron sus conductores. Incluso que el marxismo, el de la teoría, jamás fue aplicado; que el control de precios es necesario y que Evo Morales no es pedófilo ni narcotraficante. Israel es el diablo y Hamás está compuesto por ángeles caídos del cielo. Todo eso se puede aceptar, pero que aparezca el diésel y se normalice la venta de gasolina. En eso no hay discusión.