Algunos aseguran que el Gobierno central convirtió a Santa Cruz en una especie de beneficiaria privilegiada del país; que el altiplano la “forró de plata” para que los cruceños se hicieran ricos y que la prosperidad oriental sería apenas el resultado de la generosidad de Plaza Murillo. Digamos, por un momento, que todo eso fuera cierto. ¡Qué bondad!
Aceptemos también que los migrantes del occidente son los únicos responsables del progreso cruceño y que los cambas no hicieron más que aprovecharse de las enormes ventajas que, supuestamente, les concedió el centralismo. Incluso podríamos admitir, para no incomodar a quienes sostienen que el centralismo no existe, que todo ha sido fruto de una afortunada casualidad. El problema es que la realidad suele ser bastante más terca que los discursos.
Si el centralismo es tan generoso y proactivo, habría que concluir que la distribución de recursos ha sido pareja y que Santa Cruz no ha sido el único departamento que ha recibido dinero del Estado. Habría que ser muy obtuso para desconocer el hecho de que Santa Cruz no tiene la mayor concentración de descendientes de quechuas y aymaras, convertidos, según esta curiosa teoría, en los únicos habitantes del país capaces de trabajar, producir y generar riqueza.
Si el centralismo fuera la fórmula mágica de la prosperidad, habría que preguntarse por qué no ha producido el mismo resultado en todos los departamentos. Si las transferencias del Estado fueran suficientes para crear riqueza, ¿por qué existen regiones que, después de décadas de recibir recursos públicos, continúan atrapadas en la pobreza y la falta de oportunidades? ¿Por que los migrantes de occidente, que supuestamente son los más trabajadores, capaces de convertir una aldea en una metrópoli sólo tienen éxito en Santa Cruz?
Todas son teorías imposibles de contrastar y la verdad es que Santa Cruz creció por una combinación de factores: inversión pública y privada, migración, agricultura, ganadería, industria, comercio, emprendimiento y, sobre todo, una cultura económica basada en la libertad que convirtió una región periférica en uno de los principales motores productivos de Bolivia. Negar cualquiera de esos elementos es mutilar la historia.
Lo preocupante es que algunos parecen empeñados en que Santa Cruz deje de funcionar. No necesariamente por defender a los pobres, como proclaman, sino porque una región próspera resulta incómoda para quienes necesitan demostrar que el modelo centralista es indispensable.
Una Santa Cruz fuerte plantea preguntas difíciles: ¿por qué aquí sí y allí no? ¿Qué hicieron diferente? ¿Qué podría aprender el resto del país? Tiene que existir una enorme dosis de resentimiento cuando se pretende destruir aquello que funciona en lugar de preguntarse por qué no funciona el resto.
Lo más triste es que la maldad no se estrella contra Santa Cruz, sino sobre quienes necesitan que exista una Santa Cruz próspera para tener un lugar al cual escapar cuando el modelo que defienden vuelve inhabitable el lugar donde viven.
Una Santa Cruz fuerte plantea preguntas difíciles: ¿por qué aquí sí y allí no? ¿Qué hicieron diferente? ¿Qué podría aprender el resto del país? Tiene que existir una enorme dosis de resentimiento cuando se pretende destruir aquello que funciona en lugar de preguntarse por qué no funciona el resto.