Bolivia, Bolivia, Bolivia, Bolivia… etc. En Bolivia, hasta las revoluciones se hacen con permiso del sistema que pretenden cambiar. Ya que hay escenas políticas que merecen un aplauso y otras que merecen un buen sentido del humor.
La fotografía de los nueve gobernadores junto al presidente Rodrigo Paz, firmando el tan esperado camino hacia el famoso 50/50, pertenece exactamente a esa categoría donde uno no sabe si emocionarse… o preguntar quién pagará el café de la próxima mesa técnica.
No me malinterpreten. La imagen es buena. Después de tantos años viendo a gobernadores peregrinar a La Paz como si fueran sobrinos pidiendo permiso al tío rico para arreglar un puente, cualquier fotografía donde aparezcan hablando de autonomía merece al menos una cuota de esperanza.
Porque la esperanza nunca estorba. Lo que estorba es la memoria. Y la memoria nos recuerda que Bolivia posee una industria extraordinariamente eficiente.
No produce automóviles. No fabrica microchips. No exporta tecnología… Produce convenios.
Somos probablemente el único país del mundo donde un problema nacional se resuelve creando una comisión, ya que, de lo que se trata, es de mantener la atención y las críticas para generar una corriente de opinión.
Si el problema continúa… se crea otra comisión para supervisar a la primera. Si tampoco funciona… entonces nace una mesa técnica. Y cuando la mesa técnica tampoco alcanza… aparece un gran acuerdo nacional, acompañado de un hermoso logotipo, una fotografía histórica y un discurso donde todos prometen que ahora sí comienza una nueva Bolivia.
Llevamos dos siglos inaugurando nuevas Bolivias… mientras la antigua jamás se muda.
Esta vez, el protagonista se llama Plan 50/50. Suena maravilloso.
Tan maravilloso que uno quisiera creer que mañana mismo las gobernaciones podrán decidir libremente sobre los recursos que generan sus ciudadanos. Pero entonces aparece esa palabra que en Bolivia suele funcionar como anestesia política: gradualidad.
Qué palabra tan elegante.
Gradualmente se descentralizarán los recursos; gradualmente llegarán las competencias; gradualmente aparecerá la autonomía tributaria; gradualmente cambiará el modelo.
Traducido al idioma del ciudadano común significa: «Espere sentado».
Y aquí aparece el verdadero artista de esta historia. No Rodrigo Paz. No los gobernadores. El auténtico protagonista sigue siendo el viejo centralismo boliviano.
Ese personaje inmortal que sobrevivió a dictaduras, democracias, revoluciones, nacionalizaciones, privatizaciones, autonomías, constituyentes, federalistas, unitarios y hasta al Bicentenario. Tiene una capacidad admirable.
Cuando todos creen que está muriendo… se convierte en presidente de la comisión encargada de organizar su propio funeral.
Porque el detalle más simpático del acuerdo quizá sea este: el centralismo será quien administre el proceso para dejar de ser centralista.
Una verdadera obra maestra. Es como pedirle al zorro que diseñe el nuevo reglamento del gallinero. O nombrar al pirómano jefe del cuerpo de bomberos. Eso sí… con absoluta buena voluntad.
No tengo dudas de que Rodrigo Paz entiende que Bolivia necesita fortalecer a las regiones.
Lo ha dicho varias veces. Y probablemente sea uno de los pocos presidentes que, al menos, colocó el tema sobre la mesa. Pero ahora viene la parte difícil.
La fotografía ya está tomada. Los aplausos ya fueron dados. Las declaraciones ya llenaron los titulares. Ahora comienza la única etapa que realmente interesa a los bolivianos.
La de cumplir…
Porque el país ya no necesita otro documento histórico: necesita una ley. No necesita otra mesa técnica: necesita recursos administrados por quienes los generan.
No necesita otra promesa: necesita que la autonomía deje de ser un discurso de campaña para convertirse en una costumbre de gobierno…
Y ahí está la verdadera prueba.
Porque si dentro de algunos años seguimos reuniéndonos para hablar del mismo 50/50… será la confirmación de que el centralismo volvió a ganar.
No porque fuera más inteligente. Sino porque, como siempre, logró convencernos de que la mejor manera de repartir el poder… es seguir administrándolo desde el mismo lugar.
Al fin y al cabo, en Bolivia hasta el centralismo aprendió a hablar de descentralización.
Y hay que reconocerlo… lo hace con una convicción realmente admirable.
Si quieres, también puedo hacer una segunda versión más periodística y contundente, conservando el humor pero con frases más cortas y mayor fuerza para publicación en prensa.