Editorial

Fútbol y política: matrimonio de conveniencia

La respuesta está en la razón de ser del fútbol y del deporte competitivo en general, que va más allá de los torneos y del negocio.

Editorial | | 2026-08-10 07:02:00

El mundo ha quedado sorprendido con el unánime rechazo a la propuesta del presidente de la FIFA Gianni Infantino para abrir el Mundial a inversores privados. En realidad el fútbol es un negocio privado -siempre lo ha sido-, y todos conocemos lo adictos que son al dinero los mandamases de las federaciones. Era la oportunidad de ganar más, de abrir nuevas oportunidades para los clubes y las selecciones. ¿Qué pasó? ¿Por qué se opusieron de forma tan contundente? La respuesta está en la razón de ser del fútbol y del deporte competitivo en general, que va más allá de los torneos y del negocio.

El fútbol no es únicamente una industria del entretenimiento. Es, sobre todo, una gigantesca estructura de poder. La FIFA funciona como una organización política internacional. Sus dirigentes no administran solamente campeonatos; administran influencia. Manejan una red de poder que difícilmente aceptaría compartir decisiones con inversionistas cuyo interés principal sería la rentabilidad y la transparencia.

De puertas afuera, la FIFA defiende la autonomía del fútbol frente a los gobiernos, pero en la intimidad existe un matrimonio de conveniencia y por eso mismo se oponen a que el mercado introduzca mecanismos de control y eficiencia. El capital privado jamás se prestaría a elegir campeones ni modificar las reglas del juego sobre la marcha. Las empresas exigen cuentas, auditorías, resultados y una gestión orientada a maximizar el valor del mayor espectáculo deportivo del planeta. Precisamente ahí radica el temor: un negocio administrado con criterios empresariales deja menos espacio para la discrecionalidad y las redes de influencia.

Los gobiernos tampoco tienen interés en que el fútbol deje de ser un instrumento político. El deporte competitivo despierta un sentimiento de pertenencia que pocas instituciones logran generar. Una bandera en un estadio, un himno antes de una final o una selección levantando una copa fortalecen la identidad nacional y ofrecen a los gobernantes un poderoso recurso simbólico. No es casualidad que todos los regímenes, democráticos o autoritarios, siempre traten de aprovechar el enorme valor político del deporte.

El Mundial de 2026 volvió a demostrar esa realidad. La FIFA necesitó la cooperación de los Estados para organizar el torneo, mientras los gobiernos aprovecharon el evento para proyectar imagen, liderazgo y prestigio internacional. La política obtiene legitimidad emocional; el fútbol recibe respaldo institucional, infraestructura, seguridad y privilegios regulatorios.

La propuesta de Infantino fracasó no porque fuera un mal negocio, sino porque amenazaba un modelo de poder construido durante décadas. Mientras el fútbol siga siendo uno de los instrumentos más eficaces para movilizar emociones colectivas y fortalecer la legitimidad de los Estados, seguirá siendo mucho más que un deporte. Seguirá siendo el gran coliseo que idearon los romanos para mantener a las masas adormecidas.

Mientras el Estado necesite símbolos que la gente sienta propios, el fútbol seguirá siendo mucho más que un negocio, y cualquiera que intente tratarlo solo como tal chocará, tarde o temprano, con la misma pared que chocó Infantino.