Enfoque Internacional

La nueva guerra contra las drogas

Enfoque Internacional | Rodrigo Valenzuela-Santamaría - Especialista en Estudios de Seguridad y Geopolítica Hemisférica | 2026-08-06 00:06:00

La llamada guerra contra las drogas, formalizada hace más de cinco décadas cuando la administración de Richard Nixon declaró al narcotráfico como el enemigo público número uno de Estados Unidos, ha resultado ser un fracaso categórico. Durante las décadas de 1970 y 1980, y más tarde con la implementación del Plan Colombia a comienzos del nuevo milenio, la doctrina prohibicionista apostó por la erradicación forzada de cultivos, la interdicción policial-militar y la persecución penal intensiva.

El balance final de ese ciclo no fue la disminución del consumo ni la asfixia de la oferta, sino una profunda metamorfosis del crimen organizado. La violencia se democratizó a lo largo de las rutas de tránsito en todo el Hemisferio Occidental, los precios de las sustancias permanecieron estables en los mercados consumidores y las redes delictivas lograron diversificar su catálogo de negocios a escala global.

Frente al agotamiento de aquel esquema tradicional, hoy asistimos al nacimiento de un paradigma cuantitativa y cualitativamente distinto que configura una nueva guerra contra las drogas. Las organizaciones criminales contemporáneas —desde los grandes carteles mexicanos hasta las redes transnacionales que operan en los corredores logísticos de Ecuador, Brasil, Colombia y el Caribe— han dejado de ser simples bandas de contrabando para convertirse en verdaderos actores políticos y geopolíticos.

El crimen organizado ejerce formas sofisticadas de gobernanza criminal, disputan el monopolio de la violencia al Estado, cooptan instituciones gubernamentales, administran esquemas de justicia informal y controlan economías locales enteras, además de dominar nodos estratégicos del comercio global desde el Pacífico sur hasta los principales puertos europeos.

Equipados con arsenales de grado militar, inteligencia avanzada, capacidades de ciberdelincuencia y complejas estructuras de lavado de dinero, estos grupos actúan como corporaciones híbridas con capacidad real de desestabilizar la gobernabilidad democrática de la región.

Ante esta mutación estructural, Washington ha redefinido radicalmente su postura estratégica. La reciente activación de la Fuerza de Tarea Conjunta Hemisferio Occidental por parte del Comando Sur formaliza una doctrina que trasciende la clásica cooperación policial para abordar el fenómeno desde la perspectiva de la defensa nacional y el combate al narco-terrorismo.

Al establecer un cuartel general permanente de inteligencia, vigilancia y planificación táctica multinacional, la estrategia estadounidense busca ejercer una presión militar directa sobre los centros neurálgicos de estas organizaciones criminales. Sin embargo, esta aproximación de contención armada se ensambla de manera peligrosa con la tendencia observada en América Latina, donde diversos gobiernos han optado por delegar la seguridad ciudadana y el control del sistema penitenciario directamente en las Fuerzas Armadas, recurriendo a estados de excepción prolongados e instaurando un modelo punitivo de presencia castrense permanente en las calles.

Esta militarización de la respuesta estatal conlleva severas contradicciones institucionales y riesgos democráticos insoslayables. Las Fuerzas Armadas están doctrinariamente instruidas para neutralizar enemigos en escenarios de conflicto armado mediante el uso de la fuerza letal, no para investigar delitos complejos, preservar pruebas judiciales o gestionar la seguridad comunitaria en un marco de garantías constitucionales.

La evidencia en la región demuestra que la presencia militar extendida suele generar una escalada indeseada en los niveles de violencia asimétrica, un aumento en las denuncias por violaciones a los derechos humanos y un peligroso desplazamiento del poder político hacia los mandos militares, al tiempo que desincentiva la reforma estructural de la policía civil y del aparato de justicia.

De cara al futuro, la prospectiva del hemisferio anticipa un escenario signado por la paradoja estratégica. Mientras la respuesta internacional y regional priorice el choque armado frente a los carteles, estas organizaciones continuarán adaptando sus métodos mediante tácticas de guerra irregular, sabotaje de infraestructuras críticas y coacción política directa.

Si la nueva ofensiva continental no incorpora con la misma firmeza el desmantelamiento de las redes financieras en el sistema bancario global, el control riguroso del tráfico de armas de fuego y la reconstrucción del tejido social a través del fortalecimiento de las instituciones civiles, la nueva guerra contra las drogas correrá el riesgo de repetir la trágica historia de la anterior: dejar tras de sí un saldo devastador de erosión democrática y costo humano sin haber logrado alterar las raíces económicas del negocio delictivo.