Editorial

¿Justicia o castigo?

Cada vez que un crimen conmueve a la opinión pública, la reacción parece automática: más cárceles, penas más largas y menos beneficios para los delincuentes...

Editorial | | 2026-08-03 00:08:00

Cada vez que un crimen conmueve a la opinión pública, la reacción parece automática: más cárceles, penas más largas y menos beneficios para los delincuentes. Es una respuesta comprensible, porque el delito genera indignación y la sociedad exige que alguien pague. Pocas veces nos preguntamos si el sistema penal realmente hace justicia o simplemente satisface nuestro deseo de castigo.

La diferencia es fundamental. La justicia busca reparar un daño; el castigo, infligir un sufrimiento. Aunque ambos conceptos suelen confundirse, persiguen objetivos distintos. El problema es que la mayoría de los sistemas penales modernos han relegado a quien debería ocupar el centro de todo el proceso: la víctima.

Cuando alguien pierde sus ahorros por un robo, una estafa o un asalto, el Estado moviliza policías, fiscales y jueces para capturar y condenar al responsable. Una vez que este ingresa en prisión, la sociedad siente que se hizo justicia. Pero la víctima continúa sin recuperar lo perdido, sigue cargando con las secuelas del delito y, además, financia con sus impuestos la manutención del delincuente.

El objetivo de la justicia no debería ser llenar cárceles, sino obligar al delincuente a reparar integralmente el daño causado. Ello no significa eliminar la prisión cuando el criminal representa un peligro para la sociedad, sino recordar que el encarcelamiento, por sí solo, no devuelve un solo centavo ni restaura el perjuicio sufrido.

La cárcel tampoco garantiza mayor seguridad. Países con enormes poblaciones penitenciarias siguen registrando elevados niveles de violencia y reincidencia. Las sociedades necesitan descargar su frustración sobre un chivo expiatorio. El delincuente cumple ese papel y su condena produce una sensación pasajera de alivio colectivo. Sin embargo, la víctima continúa sin reparación y el conflicto permanece abierto. La prisión acaba funcionando como un ritual que calma la conciencia pública más que como un mecanismo eficaz para resolver la injusticia.

Quizá por eso los discursos políticos que prometen endurecer penas resultan tan rentables electoralmente. Ofrecen una respuesta emocional inmediata. En cambio, proponer que el delincuente trabaje para indemnizar a sus víctimas suele parecer una idea indulgente, cuando en realidad implica asumir una responsabilidad mucho mayor.

Es cierto que muchos delincuentes carecen de recursos para pagar los daños ocasionados. Pero esa dificultad no invalida el principio de la restitución. La sociedad ya destina enormes sumas a mantener cárceles. Parte de esos recursos podría orientarse a sistemas donde el condenado genere valor mediante su trabajo y ese esfuerzo beneficie prioritariamente a quienes perjudicó.

La pregunta de fondo no es cuánto debe sufrir el delincuente, sino cuánto debe recuperar la víctima. Una justicia que olvida a quien padeció el delito y convierte el castigo en su único objetivo termina confundiendo venganza con justicia.

Una sociedad verdaderamente justa no debería medir el éxito de su sistema penal por el número de presos, sino por la cantidad de víctimas que logra reparar.