«Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón» (Mt 6,21).
Hace siete años se inició la reconstrucción y pavimentación de la carretera que une San José de Chiquitos con San Ignacio de Velasco (200 km). Todavía no se ha concluido la obra. Falta pavimentar unos 46,5 kilómetros de la parte más plana y polvorienta. En esta sección hay un pueblito que se llama «La Fortuna». Tiene la mala fortuna de que, a pesar de tener cerquita uno de los campamentos chinos para esta obra, que ha costado una buena fortuna —885 millones de bolivianos (US$ 230 millones), financiados por el Banco Mundial—, es la parte más postergada de la carretera.
Supuestamente, la obra tiene un avance del 92 %. Al mismo precio, requiere todavía unos 20 millones de dólares. Sugiero utilizar los 189,5 kilos de oro en 77 lingotes de alta pureza que fueron incautados como contrabando. Valen aproximadamente 25 millones de dólares estadounidenses. Quedarían 5 millones de dólares, con los que se podría empezar a pavimentar la carretera de San Ignacio a San Matías (300 km), o equipar colegios y hospitales, de acuerdo con lo indicado en la Constitución Política del Estado: Artículo 37: «El Estado tiene la obligación indeclinable de garantizar y sostener el derecho a la salud, que se constituye en una función suprema y primera responsabilidad financiera», y Artículo 77: «La educación constituye una función suprema y primera responsabilidad financiera del Estado, que tiene la obligación indeclinable de sostenerla, garantizarla y gestionarla».
Es un poco contradictorio, ya que no está claro si lo primero es la salud o la educación, pero en ninguna parte de la CPE dice que es una responsabilidad financiera del Estado mantener empresas públicas deficitarias, acumulando deudas que se deben repartir entre toda la población por medio de obras no realizadas, servicios de salud no confiables y educación de baja calidad.
Recién, al pedirle al presidente Paz que cumpla su promesa del 50/50 en la repartición de recursos, después de 20 años de una distribución de 85 % para el centralismo y 15 % para los departamentos, municipios y universidades, la respuesta fue que lo único que puede repartir son deudas.
Según la inteligencia artificial de Google, el Estado boliviano acumuló pérdidas por casi 13 millones de bolivianos en sus empresas públicas. Además, estas compañías recibieron más de 26.000 millones de bolivianos en créditos e inversiones, con baja devolución de fondos. También se estima que la corrupción en Bolivia le cuesta al Estado entre 800 millones y 2.000 millones de dólares cada año, según cálculos de analistas basados en datos ligados al Banco Mundial. Considerando la cantidad de denuncias en el sector minero, es poco probable que los 77 lingotes de oro sean los únicos que hayan sido contrabandeados.
Jesús dijo que «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo» (Mt 13,44a). Lo irónico de esta comparación es quizás el hecho de que «un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo» (Mt 13,44b). Esto deja muchos interrogantes. Primero, ¿qué se entiende por el Reino de los Cielos para que tenga semejante valor? En otro momento, dijo que priorizar el Reino era motivo suficiente para optar por el celibato, algo que no todos pueden entender (ver Mt 19,12).
Segundo, ¿por qué no se lo lleva nomás? ¿Para qué —en su parábola— volver a esconder el tesoro y comprar el campo? Quizás lo imagina demasiado grande como para llevarlo (aunque esto no era problema para el Conde de Monte Cristo en el famoso libro de Alejandro Dumas).
Parte de la respuesta debe estar en el consejo de Jesús en el Sermón de la Montaña: «No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben» (Mt 6,19-20).
Evidentemente, los contrabandistas de los 77 lingotes, ni los que contaminan nuestros ríos con mercurio, ni los que roban minerales de nuestras minas, cables de los semáforos, autos en las calles, dinero de los transportistas en cola, terrenos que pueden avasallar y el pan de cada día de los pobres, toman en serio esta exhortación, que termina con la observación que puse al inicio de este artículo: «Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón» (Mt 6,21).
Otro consejo relacionado, también parte del Sermón de la Montaña, es: «Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6,33). ¿Lo creemos?
¿En qué consiste este tesoro escondido que pocos encuentran?
En realidad, equivale a todo lo que pedimos en el Padrenuestro, también parte del Sermón de la Montaña (Mt 6,9-13). Si lo analizamos, quizás descubrimos el Tesoro que es el Reino de Dios, o de los Cielos, que es lo mismo.
En el Reino de Dios experimentamos que Dios es nuestro verdadero Padre, aunque también es un Dios celestial que merece reverencia y es capaz de todo. Por esto pedimos su Reino y ayudamos a que sea una realidad en la tierra, cumpliendo su santa voluntad, pues ya es realidad en el cielo.
En el Reino de Dios, a nadie le falta el pan de cada día, pues reina también la solidaridad. Somos capaces de perdonarnos los unos a los otros, como Dios nos perdona. Y, como Jesús en el desierto, somos capaces de evitar las tentaciones y vencer el mal en todas sus manifestaciones.
¿Acaso esto no vale más que toda la plata del Cerro Rico y todo el oro de nuestros ríos?
¿Acaso, si compramos el campo donde se esconde este tesoro, no tendríamos también las demás cosas, como buenos servicios de salud, educación de calidad, carreteras pavimentadas, viviendas dignas y pueblos sanos?
Padre nuestro, que estás en el Cielo; santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino…
Querido lector, Dios te bendiga.