Diálogo, diálogo, diálogo… ¿Para qué, si cada uno tiene su paradigma, su forma de pensar y sus propios intereses?
Lo que leerán a continuación está refrendado por décadas de experiencia y por la realidad. Así que no digan que es una visión "de la derecha imperialista". Eso lo afirman quienes no saben y los mediocres, como Evo, Tilín, Argollo y compañía, además de muchos otros semintelectuales que son más politiqueros que intelectuales.
Antes que la geografía, fueron las decisiones. Bolivia, Perú y Chile comparten la cordillera de los Andes, poseen abundantes recursos naturales y enfrentaron crisis económicas, inestabilidad política y períodos de alta inflación durante el siglo XX. Sin embargo, hoy ocupan escalones distintos en la clasificación del Banco Mundial. Bolivia permanece como país de ingreso mediano-bajo; Perú ascendió a ingreso mediano-alto en 2008; y Chile alcanzó la categoría de país de ingreso alto en 2012.
Casi cuarenta años después, Bolivia continúa exactamente en la misma categoría. Perú logró ascender un peldaño y Chile alcanzó la élite de las economías de altos ingresos. La diferencia no es un simple dato estadístico. Es el reflejo de décadas de políticas públicas, calidad institucional y capacidad para generar riqueza. ¡A Chile le tomó más de 50 años de coherencia y persistencia!
¿Por qué tres países con recursos naturales similares recorrieron caminos tan diferentes?
La primera explicación es la estabilidad macroeconómica.
Chile construyó, desde la década de 1990, un marco económico predecible: disciplina fiscal, un banco central independiente, apertura comercial y reglas claras para la inversión. Esa estabilidad permitió atraer capital, aumentar la productividad y sostener un crecimiento prolongado.
Perú siguió una ruta parecida después de las profundas reformas iniciadas en los años noventa. Durante más de dos décadas mantuvo una inflación baja, responsabilidad fiscal y una economía abierta. El resultado fue uno de los períodos de crecimiento más vigorosos de América Latina. Entre 2000 y 2013, millones de peruanos salieron de la pobreza y el ingreso por habitante prácticamente se duplicó.
Bolivia también experimentó un importante crecimiento durante el auge del gas natural y de los minerales. Sin embargo, ese crecimiento descansó principalmente en los altos precios internacionales de las materias primas y en un fuerte incremento, ineficiente y derrochador, del gasto público, más que en aumentos sostenidos de la productividad.
La segunda diferencia es la inversión privada.
Mientras Chile y Perú desarrollaron marcos regulatorios relativamente favorables para atraer inversión nacional y extranjera, Bolivia fue perdiendo competitividad. La incertidumbre jurídica, la creciente participación del Estado en la economía, las nacionalizaciones y una regulación más pesada redujeron los incentivos para invertir en sectores distintos de los recursos naturales. Sin inversión no hay nuevas empresas; sin nuevas empresas no hay empleos de calidad; y sin empleos productivos resulta imposible aumentar de forma permanente el ingreso por persona.
La tercera diferencia es la productividad.
Los países ricos no lo son porque trabajan más horas, sino porque cada trabajador produce más valor. Chile invirtió durante décadas en infraestructura, integración comercial, educación y modernización institucional. Perú avanzó significativamente en estos frentes, aunque todavía enfrenta importantes desafíos. Bolivia, en cambio, continúa registrando una de las productividades laborales más bajas de Sudamérica, reflejo de una economía con elevada informalidad, escasa diversificación y limitada incorporación tecnológica. Es decir, cada trabajador en Bolivia produce menos valor que en los otros países y, por tanto, percibe menores ingresos y enfrenta mayores niveles de pobreza.
La clasificación del Banco Mundial no determina, por sí sola, el bienestar de un país, pero sí ofrece una poderosa señal sobre su capacidad para generar prosperidad sostenible. Chile demuestra que es posible pasar de una economía de ingresos medios a una de altos ingresos. Perú evidencia que las reformas consistentes pueden transformar un país en apenas dos décadas. Bolivia, por su parte, muestra que los recursos naturales, por sí solos, no garantizan el desarrollo.
La lección es clara. El desarrollo no depende de la suerte geológica —estaño, gas o litio—, sino de la calidad de las instituciones, la estabilidad de las reglas, la apertura a la inversión, el fortalecimiento del capital humano y el aumento continuo de la productividad. Los países no cambian de categoría porque el Banco Mundial los reclasifique. Cambian de categoría porque, durante muchos años —entre 40 y 50—, tomaron mejores decisiones. Eso cuesta "Vivir Bien". No basta con expresarlo demagógicamente; hay que respetar la ley y trabajar. No hay nada gratis en este mundo, empezando por la gasolina.
Gobierno: ¿cuándo tomará mejores decisiones y ejercerá liderazgo? Digo "tomará", no "anunciará".