Clepsidra

¿Narcomaderas o mamaderas?

 ¿Narcomaderas o mamaderas?
Álvaro Riveros Tejada | Columnista
| 2026-07-29 00:58:00

Las matemáticas de la aduana chilena acaban de reescribir las leyes de la física, la botánica y el sentido común. En un despliegue digno de una superproducción de Hollywood, las autoridades de ese país transandino anunciaron, con bombos y platillos, la incautación "histórica" de 108 toneladas de cocaína y ketamina supuestamente licuadas e impregnadas en unas 1.027 toneladas de madera de exportación. Un hito científico sin precedentes: troncos que, más que celulosa, parecen esponjas de alta tecnología molecular, capaces de absorber cargamentos enteros con más facilidad y eficacia que un pañal desechable.

Haciendo una pausa para admirar el milagro logístico y matemático que nos están tratando de vender los mapochinos, nos referiremos a lo afirmado por el delegado presidencial chileno en Arica, Cristian Sayes, quien, con marcada obsecuencia y escasa sapiencia, asevera que entre el 10 % y el 15 % del peso total de los tablones incautados era pura droga líquida. Cualquier carpintero aficionado sabe que, si intenta inyectar semejante volumen de líquido en madera noble —como el tajibo, el almendrillo, el morado o la mara—, lo único que obtendría sería leña podrida o un aserradero flotante. Sin embargo, según el sicario verbal mapochino, los árboles absorbían la sustancia por pura "ósmosis delictiva".

Ahora bien, desde estas breñas andinas, donde la expoliación chilena de nuestra salida al mar sigue siendo una herida latente, surge una versión mucho más verosímil que la creada por el roto de marras: dañar deliberadamente nuestra industria forestal y frenar la exportación de madera fina boliviana en beneficio de la que ellos comercializan, como el pino radiata o pino insigne y el eucalipto, especies muy inferiores a las nuestras.

De haber sido posible lograr que la madera sólida absorbiera 108.000 kilos de cocaína en polvo, se requerirían laboratorios que envidiaría la propia NASA y seríamos considerados el sindicato criminal más eficiente del planeta, capaz de mover volúmenes que harían parecer a Pablo Escobar un simple repartidor de farmacia a domicilio. O, quién sabe, quizá nuestros árboles decidieron cambiar la fotosíntesis por algo más "estimulante" antes de ser talados. De resultar falsas estas noticias —como todo parece indicar tras la liberación de la carga—, estaríamos ante el ridículo geopolítico y aduanero más grande de la década.

Ante la vergüenza internacional, la defensa oficial se ha convertido en un malabarismo retórico. Mientras los exportadores exigen resarcimiento por los daños y disculpas por el perjuicio reputacional ocasionado, las autoridades chilenas insisten en que "sus científicos" ven cosas que los reactivos químicos normales no pueden detectar. Es el nacimiento de la posverdad aduanera: "La droga está ahí, invisible, indetectable, pero —¡chita la payasá!— juramos que está ahí".

A la luz de lo expuesto, surge una lógica reacción cimentada en el sentido común, que da paso al fantasma del "falso positivo". La espectacularidad del anuncio, empero, en los puertos chilenos de Arica, San Antonio y Valparaíso duró lo que dura un jale de ketamina. Semanas después, los camiones bolivianos retenidos en la frontera fueron liberados porque las pruebas científicas preliminares arrojaron un rotundo resultado negativo. No había polvo, no había líquido, no había nada. Ninguna narcomadera. Solo... madera aburrida, sobria y libre de vicios. Una mamadera.

Álvaro Riveros Tejada | Columnista