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Cuando el mundo busca empresas serias… Bolivia insiste en inventar ministerios

Cuando el mundo busca empresas serias… Bolivia insiste en inventar ministerios
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2026-07-27 00:13:28

Existe una curiosa costumbre muy boliviana. Cada vez que una empresa funciona bien, aparece alguien convencido de que el mérito debe ser del Estado. Y, cuando funciona mal, la culpa, por supuesto, también termina siendo del sector privado. Es una especie de milagro administrativo digno de estudio psiquiátrico.

Sin embargo, mientras aquí seguimos atrapados en ese eterno debate entre ideología y realidad, el mundo hace rato tomó otro camino. Hoy ningún gran inversionista pregunta si una empresa es "pública" o "privada". Esa discusión quedó enterrada junto con las máquinas de escribir y los discursos revolucionarios de los años setenta.

La verdadera pregunta es otra: ¿Tiene buena gobernanza? ¿Posee directorios que realmente controlan la gestión? ¿Es auditada? ¿Rinde cuentas? ¿Mide su impacto ambiental? ¿Es transparente? ¿Genera confianza?

Porque el capital internacional tiene una mala costumbre: le gusta recuperar su dinero. Y, para lograrlo, prefiere empresas bien administradas antes que discursos apasionados sobre soberanía económica.

Por eso no pasó inadvertido el lanzamiento del Fondo de Impacto VELA, impulsado por CAF junto con inversionistas internacionales, presentación en la que tuve la oportunidad de participar. El mensaje fue contundente: el capital del futuro se dirigirá hacia organizaciones que puedan demostrar, con hechos y no con discursos, impacto social, sostenibilidad ambiental, una gobernanza corporativa robusta y una verdadera cultura de transparencia y rendición de cuentas.

Traducido al castellano sencillo: el dinero dejó de enamorarse de los discursos y comenzó a enamorarse de las empresas serias. Y es aquí donde Bolivia tiene una lección que muchos prefieren ignorar.

Las dos ferroviarias concesionarias del país, Ferroviaria Oriental S.A. y Ferroviaria Andina S.A., llevan años haciendo exactamente aquello que hoy exigen los mercados financieros internacionales.

Mientras algunos creen que la gobernanza corporativa consiste en poner una foto bonita en la memoria anual, ambas empresas funcionan con directorios activos que toman decisiones estratégicas, auditorías permanentes, controles internos, supervisión regulatoria, obligaciones de transparencia y mecanismos formales de rendición de cuentas.

Es decir, exactamente lo contrario de aquella vieja costumbre nacional en la que algunas empresas públicas confundían los directorios con reuniones de amigos y las auditorías con un deporte extremo.

No es casualidad que ambas ferroviarias hayan logrado mantenerse operativas durante décadas, atravesando gobiernos de todos los colores, crisis económicas, conflictos sociales y cambios políticos permanentes. Las instituciones sobreviven; las improvisaciones, no.

Pero hay un detalle todavía más interesante. Mientras buena parte del país continúa creyendo que cuidar el medio ambiente consiste únicamente en plantar un árbol el Día de la Tierra para sacarse una fotografía, ambas ferroviarias avanzan en la medición de su huella de carbono.

Eso significa comenzar a hablar el idioma que hoy hablan los grandes fondos internacionales. Porque el inversionista moderno no solo pregunta cuánto produce una empresa.

También quiere saber cuánto contamina, cómo reduce emisiones, cómo administra sus riesgos, cómo protege a sus accionistas, cómo genera impacto y cómo piensa dentro de veinte años.

No significa que mañana recibirán automáticamente financiamiento del Fondo VELA. Significa algo mucho más importante: que ya cumplen con muchas de las credenciales que el capital internacional empieza a exigir como requisito de entrada. Y eso vale más que cualquier discurso pronunciado desde un atril.

Lo verdaderamente llamativo es que el Gobierno nacional viene hablando de impulsar nuevas alianzas público-privadas para acelerar el desarrollo. Excelente noticia.

Solo que, antes de contratar consultores extranjeros para descubrir la pólvora, bastaría con mirar lo que ya funciona dentro de Bolivia. Las ferroviarias son la demostración de que el Estado puede participar como accionista mientras la gestión profesional, la gobernanza corporativa, la transparencia y la disciplina empresarial hacen el trabajo que la política rara vez consigue.

Eso sí genera confianza. Eso sí atrae inversión. Eso sí construye reputación. Porque los países serios no seducen al capital con discursos. Lo seducen con instituciones.

Y mientras algunos todavía siguen convencidos de que el desarrollo nace firmando decretos, el resto del mundo ya entendió que la riqueza suele viajar en otro tren: uno donde el destino se llama gobernanza, el combustible es la confianza y la estación final siempre termina siendo el desarrollo.

Alberto De Oliva Maya | Columnista