Conozco de primera mano las reacciones de turistas que hacen un recorrido por las distintas líneas del teleférico en sus cortas visitas a La Paz: quedan maravillados. He visto a otros llegar a La Paz usando el teleférico, y la impresión que les da esa primera vista de la ciudad, y ese descenso tan vertiginoso, pero a la vez tan ordenado, seguro que se les queda grabado para siempre.
A mí me encanta viajar en teleférico, dejar el auto en el estacionamiento de la entrada a Irpavi (el más barato de la zona sur, por cierto) y subir a la ciudad sin mayores preocupaciones para disfrutar de un día por las calles del casco viejo, por los museos, o para almorzar con amigos en el Vienna.
Es una excursión muy bella; el orden, los espacios limpios, todo el mecanismo que funciona (salvo los baños en muchas estaciones) es algo que nos hace sentir no solo en una ciudad moderna, sino en una ciudad moderna y rica.
La mayoría de los paceños con los que hablo, aun los que detestan al MAS, creen que el teleférico es algo muy bueno. Unos dicen: "Lo único bueno que hizo Evo". Y, bueno, no lo es.
No lo es porque fue una inversión brutalmente alta que en realidad no soluciona el problema de transporte de La Paz. No lo soluciona, no solo porque es una red que tiene rutas innecesarias, sino porque resulta demasiado caro para el paceño común y corriente, que debe usar ese transporte en forma cotidiana para llegar al trabajo o al lugar de estudio y tiene que contar los centavos, a pesar de lo extremadamente subvencionado que está el servicio.
El problema tiene que ver con el origen del teleférico: no fue hecho a partir de un estudio serio de mercado y de costos, sino con un afán político, conquistar al municipio de La Paz como parte del plan de control hegemónico del partido de marras. Vale la pena recordar que las tres primeras líneas eran totalmente irracionales; recién la morada, que es la que más afluencia tiene, es una ruta verdaderamente útil.
Ese grosero proyecto político, que tenía como confesión de parte la efigie de Evo Morales en cada uno de los vagones, encantó a propios y extraños, en parte porque así somos los seres humanos: es fácil deslumbrar a la gente, aun a la instruida.
Cuando hace unos años Rafael Archondo denunció que el teleférico de La Paz era mucho más caro que el mexicano, el actual alcalde salió con la respuesta de que lo que teníamos en La Paz era el Mercedes-Benz de los teleféricos, creyendo que eso era un justificativo; cuando, en realidad, era una admisión del despropósito y, por cierto no aclaraba nada la diferencia de precios. Pero eso, en el mundo masista, no era importante.
El teleférico es comparable a un auto Mercedes-Benz comprado por una familia que vive en las laderas. Alegra enormemente a los padres, porque pueden presumir, y a los hijos, porque pueden pasear el fin de semana en un lindo auto que los amigos y vecinos admiran, pero que no es práctico porque no hay garaje ni parqueo cerca de casa, y porque la familia ha dejado de pagar el seguro médico y las pensiones escolares, porque ya no alcanza el dinero pagando las cuotas del auto y su mantenimiento.
Si uno compara los precios del costo de los pasajes de teleféricos en los centros de esquí europeos, fácilmente puede darse cuenta de que es posible que la idea no era muy buena desde un inicio; más allá de que la ilusión de tener un transporte masivo, limpio y agradable, digno del primer mundo, pudiera ser tentadora.
Pero la realidad es otra: no solo hablamos de una inversión inicial cuantiosa en una ciudad que, para vergüenza de todos, no tiene un sistema de tratamiento de las aguas residuales (amén de otras deficiencias en el transporte en general, en la salud y en la educación), sino que nos toca enfrentarnos ante un déficit espectacular de Bs 2.039 millones. Cada día que pasa, los números rojos se van agrandando, y lo peor es que políticamente es imposible cortar por lo sano.
Es posible que también haya una mala administración del teleférico, pero es posible que se trate de un error garrafal de inicio; un proyecto hecho por razones políticas para consolidar al MAS y a quien lo personifica. El daño es enorme, precisamente por la casi imposibilidad de solucionarlo.