Hace ya largos ocho meses, Rodrigo Paz Pereira juró su cargo ante la Asamblea Legislativa Plurinacional (plurinacional, aunque no haya plurinaciones; pero eso será así hasta que se cambie: se lo "agradecemos" a nuestros amigos españoles, "asesores" de la progresía neomarxista del CEPS) y reafirmó su compromiso de cumplir sus promesas, bajo las consignas de "Bolivia", "Bolivia", "Bolivia" y "Patria", "Patria", "Patria".
Nadie duda de que, en campaña, las promesas electorales son, en buena medida —sobre todo por los plazos comprometidos—, fruto del marketing político. Siempre existe una cierta tolerancia de los votantes respecto de su implementación, aunque esta se vaya dilatando paulatinamente. Si la reforma —y no la eliminación— de las subvenciones a los hidrocarburos demoró, incluso pudo entenderse: veinte años de entuertos del MAS no podían reconducirse en pocos meses. Para eso sirven los famosos cien días de gracia de los nuevos gobernantes, sobre todo cuando el equipo se estrenaba en el difícil arte de gobernar.
La abrogación —que llegó solo parcialmente, al menos mientras se anunciaba una reforma económica— fue recibida con bastante aceptación y con menos rechazos (estos últimos, por los de siempre, de quienes no hace falta decir más). Pero, de yapa o por contubernio —vaya uno a saber cuál de las dos cosas—, llegó el "mazazo" de la gasolina contaminada. Después vinieron las explicaciones y las reparaciones, que, al ser compensadas por el Estado, debieron representar, hasta hoy, una suma cercana a buena parte del ahorro obtenido por la reducción de las subvenciones. Además, el aumento del precio internacional del petróleo durante estos meses "ormuzados" probablemente terminó superando ese ahorro. Todo ello, fruto de un "complot", un "sabotaje" o un "accidente", cuya naturaleza aún no ha sido aclarada de manera definitiva.
Luego llegaron los decretos —que no fueron leyes, aunque el consenso de las fuerzas democráticas, con mayoría en la Asamblea, parecía ofrecer altas probabilidades de aprobación—, justificados en la premura (¿qué premura?) de empezar a reconstruir el Estado. Sin embargo, conforme iban apareciendo, también iban siendo corregidos o parcialmente revertidos porque algún movimiento social —prohijado por el MAS o anterior a él, aunque unido en sirwiñacu— protestaba y amenazaba con recurrir a la violencia.
Constatada la debilidad oficialista, porque "al árbol caído todos le hacen leña" (hay versiones más explícitas del dicho, que prefiero omitir), comenzó la pulseta de esos movimientos "sociales", que durante más de cincuenta días bloquearon el país bajo la consigna de que "eran el pueblo", aunque el verdadero pueblo —los ciudadanos— había votado en un 86,65 % por un cambio real (más del 74 % del total de los habilitados para votar).
Los bloqueos y las manifestaciones violentas terminaron no tanto por los diálogos —necesarios para no responder violencia con violencia, aunque a los manifestantes no les interesara consensuar, sino imponerse mediante la provocación—, sino porque la población, el verdadero pueblo boliviano, que había soportado dos meses de carestía, sin poder trabajar y con enormes limitaciones en educación y salud en buena parte del país, terminó agotándose y mostrando un rechazo cada vez mayor hacia los bloqueadores. Si bien los esfuerzos de diálogo —en los que incluso intervino la jerarquía de la Iglesia Católica para destrabar el estancamiento— y la promulgación del temido Estado de Sitio contribuyeron en parte, fue la constatación, por parte de los dirigentes de esos movimientos "sociales", de que el descontento ciudadano ya se dirigía contra ellos lo que puso fin a ese largo ciclo de conflictos.
Sin embargo, el fin de los bloqueos y de la violencia no significó la derrota de la receta chapareña. Además de que persiste la amenaza de que esos hechos se repitan, salvo el pedido de renuncia del Presidente, el Gobierno terminó satisfaciendo todos o la gran mayoría de los demás reclamos planteados por los protestantes.
Superada esa larga crisis, el país quedó atento a las iniciativas que el Gobierno adoptaría para reencauzar el cambio esperado y cumplir las promesas de campaña. Sin embargo, en lugar de un golpe de timón y de apoyarse en un consenso entre todas las fuerzas democráticas, la timidez de los primeros meses dio paso a la imagen de un gobierno timorato y casi inefectivo, que renunció a respaldarse en una Asamblea Legislativa que pudo haber sido su principal bastión político, pese al bono que representaba un Lara hoy casi desaparecido del escenario.
A ello se suma la ruptura de la cohabitación entre el Gobierno (no digo el PDC porque, dicho en buen castellano, no pasa de ser una entelequia como bloque político) y UNIDAD, sin que se exploraran los beneficios de un acercamiento a LIBRE o a SÚMATE, o incluso a los tres. Mientras tanto, una ciudadanía cada vez más indiferente, aunque todavía no completamente agotada, observa un panorama sin transformaciones de fondo, más allá de algunos parches, y sin una narrativa capaz de motivar al país, más allá de consignas repetidas que recuerdan la fábula de Esopo sobre el pastor y el lobo.
Es cierto que, con éxito —y es justo reconocerlo, como también lo han hecho otros—, Bolivia se ha abierto al mundo. Pero el mundo todavía no ha podido abrirse plenamente a Bolivia porque del modelo instaurado por el MAS apenas se ha modificado un ápice: la reforma parcial de los subsidios. Los candados de la Constitución cuartelaria permanecen intactos, las nuevas leyes transformadoras no llegan y nuestros representantes en el exterior siguen siendo los mismos de hace ocho meses, es decir, los mismos de los últimos veinte años perdidos. Y, aun así, todavía se acusa al fallido gobierno de transición de haber gastado recursos para reemplazarlos por otros que no respondieran a ese pasado.
Como estoy convencido de que los milagros pueden ocurrir, hoy Bolivia necesita uno con urgencia, porque avanzamos aceleradamente hacia la repetición de 2020, aunque esta vez sin pandemia.
Pasito a pasito… uno pa"lante y dos pa"trás.