Un reciente estudio de la OCDE que analiza el nivel educativo de 45 países, vuelve a poner sobre la mesa una evidencia que la economía del desarrollo lleva décadas señalando. No existe un solo país subdesarrollado en la mitad superior de esa lista. Canadá, Irlanda, Corea del Sur, Luxemburgo, Reino Unido, Australia, Suecia, Estados Unidos, Israel, Noruega. La coincidencia no es casual, es estructural. El mapa de la educación es casi un calco del mapa de la renta per cápita, el de las instituciones sólidas y el de las libertades económicas.
Lo interesante no es solo quién aparece arriba, sino cómo llegó ahí. Irlanda es el ejemplo más elocuente: un país que hasta los años ochenta era uno de los más pobres de Europa occidental, con emigración masiva y una economía estancada, hoy encabeza el segundo lugar mundial en formación superior y exhibe uno de los PIB per cápita más altos del planeta. La transformación irlandesa no fue un milagro ni una casualidad geográfica: fue la combinación deliberada de apertura comercial, baja carga impositiva para atraer inversión, instituciones estables y una apuesta sostenida por la educación terciaria. Irlanda demuestra que el subdesarrollo no es un destino, es una decisión política que puede revertirse.
Israel es otro caso que desmiente el determinismo geográfico. Un país pequeño, sin recursos naturales relevantes, rodeado de conflictos permanentes desde su fundación, y aun así aparece entre los diez países con mayor proporción de población con título universitario. Su economía del conocimiento, apalancada en un ecosistema de innovación tecnológica envidiado por potencias mucho más grandes, es la prueba de que ni el tamaño ni la inestabilidad regional son excusa cuando existe un compromiso real con la formación de capital humano.
Y aquí está la clave que suele omitirse en el debate: la educación por sí sola no genera desarrollo. Cuba es el contraejemplo perfecto, y no por casualidad no figura en este ranking. Durante décadas se presentó como un modelo educativo de referencia, con altas tasas de alfabetización, pero esa alfabetización estuvo subordinada a un proyecto ideológico, no a la formación de ciudadanos libres para innovar, emprender o disentir.
Educar no es lo mismo que adoctrinar. Un sistema que forma técnicos y profesionales pero les niega la libertad de usar ese conocimiento en un mercado abierto, de crear empresas, de fracasar y volver a intentar, produce diplomas, no desarrollo. La educación necesita un oxígeno que solo da la libertad económica: sin ella, el conocimiento se acumula pero no se convierte en riqueza.
Esa es la ecuación que no admite atajos: educación más libertad económica es igual a desarrollo. No hace falta ser una potencia territorial, ni tener petróleo, ni estar libre de conflictos. Hace falta invertir en formación, abrir la economía, respetar las instituciones y permitir que el conocimiento circule libremente. Los atajos —el proteccionismo, el adoctrinamiento disfrazado de educación, el estatismo que ahoga la iniciativa individual— no aparecen en ningún renglón de esta tabla, porque simplemente no funcionan.
La educación por sí sola no basta: los países más desarrollados combinan alta formación con libertad económica. Irlanda e Israel lo demuestran; Cuba, adoctrinada mas no libre, confirma que sin libertad no hay verdadero desarrollo.