Es un deporte nacional criticar a la FIFA. Y hay motivos de sobra: opacidad en sus decisiones, un presidente que se doblega ante la Casa Blanca, precios dinámicos que expulsan al aficionado de a pie, pausas de hidratación que huelen más a tanda publicitaria que a bienestar del jugador, y un césped de la final que se vende embalsamado en resina por 3.000 dólares. La lista de imperfecciones es real, y este mismo Mundial 2026 la confirmó: la reincorporación exprés de Folarin Balogun tras una llamada de Trump a Infantino fue un episodio bochornoso que dejó en evidencia hasta qué punto el poder político puede torcer el brazo de un organismo que se presume independiente.
Dicho esto, conviene mirar el bosque y no solo el árbol torcido. La FIFA es una estructura imperfecta, sí, pero es también la maquinaria que sostiene el mayor espectáculo del planeta: 104 partidos en 39 días, más de 15 millones de personas llenando estadios, la cifra de asistencia más alta de la historia de un Mundial. Y detrás de esos números hay algo que rara vez se menciona en la indignación de sobremesa: una cadena de negocios que se multiplica hacia abajo, no solo hacia arriba. La FIFA proyecta ingresos cercanos a los 9.000 millones de dólares para este ciclo, con una revisión al alza de otros 2.000 millones tras el torneo.
Es una cifra descomunal, pero ínfima frente a todo lo que ese dinero moviliza: el vendedor afuera del estadio, la señora que cose poleras en un taller informal, el taxista, el hotelero, el bar que transmite el partido, la pequeña federación de un país que jamás pisaría un Mundial sin ese ecosistema. Cabo Verde, una nación de poco más de 500.000 habitantes que ni siquiera tiene una cancha de césped natural, embolsó unos 12 millones de dólares solo por clasificar. Eso no lo genera un ministerio, lo genera un negocio.
Y ahí está la paradoja que casi nadie quiere nombrar: renegamos de la FIFA con toda razón, pero rara vez renegamos con la misma intensidad de sistemas políticos y burocracias que no generan absolutamente nada, que solo administran la escasez y reparten pobreza con eficiencia. La FIFA genera empleo temporal masivo, moviliza economías locales, financia federaciones que sin ese oxígeno desaparecerían, y convierte un balón en una industria que alcanza rincones que ninguna política pública ha tocado.
El Mundial de Estados Unidos fue una revelación. La maquinaria del espectáculo norteamericano —la que sabe vender un Super Bowl, la que entiende de audiencias, de shows, de escala— se cruzó con el fútbol y produjo algo distinto: un torneo que elevó la vara de lo que puede ser un Mundial como experiencia. Fue una simbiosis comercialmente voraz, pero también un ejemplo de hacia dónde puede crecer el negocio sin perder al hincha por completo.
No se trata de blanquear a Infantino ni de aplaudir cada precio dinámico. Se trata de reconocer que criticar a la FIFA es fácil y necesario, pero cancelar en el discurso todo lo que construye —sin ofrecer una alternativa que genere ni una fracción de esa riqueza distribuida— es quedarse solo con la mitad de la historia.
La FIFA acumula críticas justas —opacidad, injerencia política, precios abusivos— pero también sostiene una economía global que beneficia a vendedores, artesanos y federaciones pequeñas, como demostró el Mundial 2026.