No hay ninguna clase de crecimiento sin cooperación. La cultura que promueve el asociacionismo, el desempeño económico y social bajo una mirada colectiva y su amplia creación de vínculos parentales, institucionales, regionales y sociales —incluso entre antagonistas— favorece el fortalecimiento del culto al encuentro y a la alegría de reconocerse con el "extraño". Todo ello transforma profundamente a una sociedad.
Este Mundial 2026 fue, precisamente, eso: el descubrimiento de países que muchos desconocían, de culturas lejanas que, de pronto, fueron "adoptadas" circunstancialmente, incluso al punto de vestir la camiseta de una nación foránea. Esa es la muestra más clara de la capacidad que tenemos los seres humanos para admirar al otro, aceptarlo, apoyarlo e incluso abrazarlo. Es lo que conocemos como humanidad.
El fútbol, por lo tanto, debe ser uno de los mayores generadores de identidad colectiva, capaz de migrar de una narrativa cimentada en el heroísmo individualista hacia otra donde predominan la cooperación, el aprendizaje permanente y la realización colectiva.
Este Mundial fue, quizá, el final de una era de grandes individualidades como Kylian Mbappé, Cristiano Ronaldo y Lionel Messi. Héroes gigantes que marcaron hitos en la historia del fútbol y despertaron toda clase de pasiones, generando bandos fervientes en torno a sus figuras, donde no había espacio para las medias tintas ni las fisuras en el respaldo.
El fútbol es uno de los pocos espacios donde una sociedad todavía consigue proyectarse colectivamente y, de manera armoniosa, alcanzar la gloria. Allí se sienta en el cetro como vencedora frente a esos egoísmos y fogonazos de individualidad que alimentan al héroe solitario, aquel que desafía al mundo y a sus pares, alejándose de la comunidad que encuentra en la cooperación y en el talento colectivo la verdadera fórmula del éxito.
Los mundiales crean esos relatos compartidos, esas ilusiones colectivas. El grito del remo de los noruegos, que hipnotizó a todo el planeta y que todos imitamos con entusiasmo; la fiesta interminable de los escoceses, que enamoró a los ciudadanos de Boston y llevó una mirada distinta a la rutina de un bar norteamericano, profundamente individualista y solitaria; o las lágrimas derramadas por un arquero de Cabo Verde, de origen humilde y oficio de electricista, que fue convocado por WhatsApp para disputar un Mundial, ganándose el apoyo de millones y, posteriormente, contratos millonarios. Un salto vertiginoso de la carencia a la fama y a la abundancia.
En política, por ejemplo, esas figuras caudillistas, de identidades rígidas y asociadas al conflicto, deberán enfrentarse a una nueva épica: la de resistir y reivindicarse frente al héroe único y solitario mediante otras capacidades, como la cooperación, la inteligencia colectiva, el aprendizaje compartido y la mejora permanente. Una selección de fútbol representa mucho más que once jugadores en una cancha. Representa una manera particular de imaginar un país y amplifica procesos culturales que ya estaban ocurriendo. Es, también, la integración de usos y costumbres provenientes de otros lugares.
Con las plataformas digitales, las identidades se construyen de una forma mucho más distribuida, horizontal y abierta, aunque también más imprevisible. Las identidades actuales ya no funcionan por exclusión, sino por integración. Aquellas visiones individualistas están siendo reemplazadas por la riqueza de una cultura que articula tradiciones distintas e incluso diametralmente opuestas: japoneses coreando al más puro estilo de una barra brava argentina. Esto ocurre porque la identidad no se empobrece cuando incorpora miradas diferentes; por el contrario, se vuelve más compleja, más abierta, más tolerante y más inteligente.
¿Cómo se explica, entonces, que durante poco más de treinta días millones de desconocidos se hayan sentido parte de algo global, diferentes e iguales al mismo tiempo, sin que nadie se los ordenara? Científicamente, ese fenómeno se conoce como murmuración y funciona sin la necesidad de un jefe, un plan o un comité organizador.
En otras palabras, durante el instante en que el equipo campeón levantó la Copa del Mundo, millones de personas compartieron una misma emoción: lloraron, gritaron, se abrazaron y, cuando todo terminó, experimentaron un profundo vacío. La rutina volvió de golpe y las pasiones se apaciguaron.
Émile Durkheim, fundador de la sociología moderna, lo explicó con claridad en 1912, en su obra Las formas elementales de la vida religiosa, mediante el concepto de efervescencia colectiva: una energía que atraviesa a un grupo humano reunido alrededor de un símbolo compartido y que es capaz de producir una sensación de trascendencia que ningún individuo podría alcanzar por sí solo.
Fuimos uno mientras duró el Mundial. Ese es el gran poder del fútbol, y la FIFA lo sabe muy bien. Pero ese será tema de otra columna.
Una sugerencia de estilo: el contenido tiene un tono ensayístico sólido. Para una publicación de opinión en un periódico, ganaría aún más fuerza si reduces algunas repeticiones de "cooperación" e "identidad colectiva" y sustituyes ciertos ejemplos por frases más sintéticas. Esto haría que el cierre de la columna tuviera un impacto todavía mayor.