Tribuna

El Chiru Chiru y la carrera que Bolivia no ve

El Chiru Chiru y la carrera que Bolivia no ve
Oscar Antezana Malpartida | Columnista
| 2026-07-17 07:50:07

¿Está Bolivia preparada o volverá a perder el tren? Mientras en Bolivia el debate energético sigue girando en torno al gas, el resto del mundo ya está compitiendo por otro recurso mucho más estratégico: la electricidad. No cualquier electricidad. Se trata de energía abundante, barata y confiable, capaz de alimentar la revolución tecnológica más importante desde la Revolución Industrial: la inteligencia artificial (IA).

La historia económica demuestra que las grandes potencias nunca surgieron por casualidad. Gran Bretaña dominó el siglo XIX gracias al carbón. Estados Unidos construyó su liderazgo sobre el petróleo y la hidroelectricidad. Hoy, la nueva fuente de poder es la electricidad que alimenta centros de datos, supercomputadoras y sistemas de inteligencia artificial.

La mayoría de las personas asocia la IA con programas como ChatGPT. Sin embargo, detrás de cada respuesta existe una gigantesca infraestructura informática que consume cantidades colosales de energía. El verdadero cuello de botella ya no son únicamente los microchips más sofisticados, sino la electricidad necesaria para hacerlos funcionar. La editora de inversiones para Asia del Financial Times, June Yoon, resume esta transformación con una frase que debería llamar la atención de cualquier gobierno: la inteligencia artificial ha pasado de depender de la disponibilidad de chips a depender del suministro eléctrico. Un solo modelo como GPT-4 puede consumir el equivalente al consumo anual de aproximadamente 35.000 hogares estadounidenses. Y ese es apenas un modelo.

La demanda mundial de electricidad está creciendo a un ritmo que pocos anticipaban. Miles de nuevos centros de datos están siendo construidos en Estados Unidos, China, Europa y Asia para sostener la explosión de la inteligencia artificial. La consecuencia es evidente: los países capaces de producir grandes volúmenes de energía limpia y competitiva atraerán inversiones multimillonarias, mientras que quienes no puedan hacerlo quedarán relegados de la economía del conocimiento. Bolivia todavía tiene la posibilidad de elegir en qué grupo quiere estar.

Mientras en Bolivia ni siquiera se presenta una ley de reforma o una política económica y, más bien, el Gobierno se ocupa de suplicar y esperar diálogos, emitir anuncios cada día, mientras el resto de los políticos, cual provincianos y sin visión de país, discuten si un cruceño o un cochabambino debería presidir el directorio de ENDE, China instala capacidad renovable a una velocidad sin precedentes y consolida su liderazgo tecnológico. Estados Unidos acelera inversiones para evitar que la falta de electricidad frene su desarrollo en inteligencia artificial. Incluso la posibilidad de atraer centros de datos, que hace pocos años parecía lejana, comienza a ser real. Chile ya avanza en esa dirección. Malasia también. Otros países latinoamericanos están compitiendo activamente.

Esta transformación también cambia por completo el significado estratégico del litio. Durante años se habló de este mineral como una riqueza potencial. Hoy su importancia es mucho mayor porque la inteligencia artificial, la electrificación del transporte y el almacenamiento de energía están multiplicando la demanda mundial de baterías. Pero poseer litio ya no constituye una ventaja suficiente. Los inversionistas buscarán países capaces de ofrecer electricidad abundante, infraestructura moderna, reglas claras, estabilidad jurídica y procesos ágiles. Si Bolivia no construye ese entorno, el litio seguirá siendo una oportunidad desaprovechada, mientras otros países capturan el verdadero valor agregado.

Bolivia todavía dispone de recursos extraordinarios: sol, agua, litio y espacio para construir una nueva economía energética. Pero esa ventana de oportunidad no permanecerá abierta indefinidamente. Las grandes revoluciones económicas no esperan a quienes dudan. Pasó con la Revolución Industrial. Pasó con la revolución digital. Puede volver a ocurrir con la inteligencia artificial.

Bolivia no tiene una estrategia nacional que responda a esta nueva realidad; es más, no tiene estrategia para nada. La discusión ya no debería centrarse únicamente en producir más electricidad para cubrir la demanda doméstica. El verdadero desafío consiste en convertir la energía en una ventaja competitiva capaz de atraer industrias, impulsar la industrialización del litio, desarrollar nuevas cadenas manufactureras y participar en la economía digital global. Y esto genera dólares, muchos dólares, además de representar un paso hacia una nueva era.

En la actualidad, parecería que hablar de estos temas es demagógico, porque Bolivia está tan estropeada y se hace tan poco —más allá de anuncios— que cualquier propuesta suena irreal. Puede haber bastante de razón en esa percepción, pero una afirmación del presidente francés Emmanuel Macron resulta hoy más pertinente que nunca: «Debemos ser lo suficientemente audaces como para no pensar que su ascenso es inevitable... El espíritu de derrota implica dos cosas: te acostumbras a él y dejas de luchar». Bien dit.

Oscar Antezana Malpartida | Columnista