Dios te bendiga

Pirañas

Pirañas
Mons. Roberto Flock | Columnista
| 2026-07-17 07:49:19

Dios dijo: «Que las aguas se llenen de una multitud de seres vivientes» (Génesis 1,20).

Cuando tenía once años, al asistir a una feria local, gané un pez dorado lanzando una pelota de ping-pong. Me costó cinco centavos. Tuve que pedirles a mis padres que me compraran comida para peces, que les costó 29 centavos. Puse mi pez en una jarra con unas canicas y le cambiaba el agua una vez por semana. Vivió varios años, hasta que, estando en el seminario, pude comprar una pequeña pecera con filtro, iluminación, sustrato y otros peces. Así empecé a tener un hobby que ha perdurado hasta ahora, incluso durante un tiempo con acuarios marinos, que son muy complicados. Actualmente estoy esperando la entrega de una pecera de 750 litros para albergar una manada de pirañas de pecho rojo (Pygocentrus nattereri). Espero que quienes entren al salón del obispado en San Ignacio puedan apreciarlas por su belleza y verlas con vida, y no en una sopa o, peor aún, disecadas.

Según Google AI, «existen entre 30 y 60 especies diferentes de pirañas que habitan en los ríos de Sudamérica». Semejante discrepancia indica que hace falta conocerlas mejor. Las explicaciones dadas en inglés y en español en Wikipedia difieren bastante, y las páginas de quienes las mantienen en acuarios desmienten muchos de los mitos sobre estas criaturas. La misma diversidad nos enseña que debemos desconfiar del concepto estereotipado de un carnívoro voraz capaz de devorar una vaca o una persona en cuestión de segundos. Nosotros hemos comido muchas más pirañas que ellas a nosotros; lo mismo hacemos con las vacas. De hecho, son omnívoras y tímidas.

Por suerte, las estancias ganaderas de la diócesis, además de vacas, tienen en los atajados, por donde fluye el agua durante las épocas más lluviosas, una gran cantidad de peces, entre ellos bentón, pacú dorado, sábalo, bagre y varias especies de pirañas. También hay lagartos, capibaras, jaguares, pumas, urinas, monos, osos hormigueros, pecaríes, batos, avestruces, parabas, loros, garzas y toda clase de mariposas. Todo esto desaparece allí donde se desmonta para la expansión de la soya.

Había pedido que me trajeran algunas pirañas pequeñas de pecho rojo para ensayar en un tanque de 150 litros que tengo, pero las que me trajeron eran todas de pecho amarillo (Pygocentrus piraya). Medían entre 6 y 10 centímetros de largo. Puse unas siete en el acuario. Algunas murieron por un hongo que apareció en sus colas. Intenté darles trucha para comer, pero resultó que las más grandes optaron por comerse a las más pequeñas. Como especie, la amarilla es más agresiva que la de pecho rojo. Ha quedado una sola en el acuario, aunque quizá la culpa sea mía por no haber encontrado una alimentación adecuada para su vida en cautiverio. Ojalá que, cuando finalmente tenga la pecera grande y la especie correcta, sea posible mantener un grupo de hermosas pirañas para mostrarlas a quienes, por uno u otro motivo, entren al obispado de San Ignacio.

Quedará el otro acuario, que contiene una combinación de muchas especies de peces tropicales que conviven pacíficamente, aunque, por cierto, de una manera bastante artificial. Los acuarios son interesantes por el continuo baile de sus peces, bellos por sus plantas vivas y saludables gracias a su tamaño y a su sistema de biofiltración. Requieren atención permanente para mantenerlos sanos, interesantes y bellos.

La verdad es que las especies de pirañas amarillas y rojas son hermosas. Su piel y sus escamas son relucientes. Quisiera poder combinarlas en un mismo acuario con nuestras otras especies nativas. No sé cómo conviven en los ríos, lagunas y atajados.

Quienes desconocen Bolivia quizá supongan que somos una sola especie de seres humanos, típicamente andina, ya que el lago Titicaca es más famoso que el Pantanal. Tiahuanaco es más conocido que las Misiones Jesuíticas. El Salar de Uyuni es más visitado que las Cataratas Arco Iris. Pero eso no significa que sean más importantes. Sin lluvias en el oriente no hay glaciares en el occidente. Quienes formamos parte de este gran ecosistema humano, aun cuando nos reunimos en una comunidad más o menos artificial, como un pueblo o una ciudad que combina toda esta variedad humana por las circunstancias que nos han mezclado, sabemos que es un milagro convivir en medio de semejante choque de culturas y mentalidades. Existe cierta tendencia a comernos unos a otros como pirañas, conscientes solo de nuestros apetitos.

¡Pero qué belleza es Bolivia! ¡Qué maravilla son nuestros pueblos! ¡Qué precaria es nuestra pecera!

«Dios creó los grandes monstruos marinos, las diversas clases de seres vivientes que llenan las aguas deslizándose en ellas y todas las especies de animales con alas. Y Dios vio que esto era bueno. Entonces los bendijo, diciendo: “Sean fecundos y multiplíquense; llenen las aguas de los mares y que las aves se multipliquen sobre la tierra”» (Gn 1,21-22).

Dios te bendiga.

Mons. Roberto Flock | Columnista