Durante años, el MAS nos vendió el cuento del "milagro económico". Nos dijeron que Bolivia era un oasis, que la pobreza se había terminado gracias a los bonos y que casi todos éramos ya de la clase media. Pero la realidad siempre termina golpeando la puerta. El último informe de la Fundación Jubileo acaba de desmontar la mentira: la pobreza real en Bolivia ya roza los 6 millones de personas. Eso es la mitad del país en la cuerda floja, una cifra alarmante que el relato oficial intenta ocultar bajo la alfombra de la propaganda.
¿Cómo es posible que el Gobierno hable de una pobreza del 37% mientras la gente en la calle sufre para llegar a fin de mes? La respuesta es simple: maquillaje estadístico. El INE calcula la pobreza con una regla tramposa. Mientras los precios de la comida subieron por las nubes en los últimos años, la línea oficial con la que miden quién es pobre casi no se movió.
El resultado es indignante: si hoy alguien gana lo mismo que hace tres años, para el Gobierno eres sigue siendo de clase media, aunque ya no te alcance ni para comprar la mitad de la canasta básica. No es que haya menos pobres, es que bajaron la vara para que los números cuadren en los discursos políticos. Es lo que Jubileo llama "pobreza oculta".
El MAS nos ha dejado un país con los bolsillos vacíos y una economía de mentira. Los bonos como el Juancito Pinto o la Renta Dignidad fueron curitas para una herida de bala. El dinero del gas se despilfarró en elefantes blancos y burocracia en lugar de crear empleos dignos, fábricas de verdad o apoyar al productor. Hoy, la inmensa mayoría de los bolivianos vive del día a día, en la informalidad, sin un contrato ni seguro médico. En cuanto la plata del gas se acabó, la red de contención social se empezó a caer como un castillo de naipes.
La desigualdad en el país es otro de los dramas que nos toca vivir. Mientras algunas regiones aguantan el golpe, departamentos como Chuquisaca y Potosí tienen a la mitad de su gente sumida en la miseria por el abandono histórico de un centralismo ineficiente. Y ojo con la supuesta "clase media": es de cristal. Jubileo lo advierte claramente: en las ciudades, si a una familia le quitan apenas 89 bolivianos al mes, cae directo a la pobreza. En el campo, una sola sequía o una mala cosecha destruye la economía de miles de familias al instante.
Bolivia está despertando de una borrachera de gasto público que duró casi dos décadas. El reto de hoy no es ver cómo el Gobierno disfraza las cifras para las elecciones, sino cómo se generan empleos reales, cómo se apoya al que trabaja y cómo se atrae inversión. Basta de parches y mentiras estadísticas; la gente tiene hambre hoy y necesita soluciones de verdad antes de que la crisis social termine de estallar.
El Estado falló rotundamente en diversificar la matriz productiva, en industrializar de verdad y en generar empleo formal y digno. Como consecuencia, el país ostenta una de las tasas de informalidad laboral más altas de la región.