El Casco Viejo se está muriendo aceleradamente y casi nadie lo está mirando de frente. Está llena de parqueos y locales vacíos y casonas que se caen a pedazos. Hace cincuenta años, dentro del primer anillo vivían cien mil personas, hoy quedan menos de veinte mil. No hace falta ningún estudio sofisticado para entender lo que significa esa cifra: menos gente, menos negocios abiertos, menos ojos en la calle después de las seis de la tarde, y más espacio para que la inseguridad haga lo que siempre hace con los lugares vacíos.
Se trata de un fenómeno que ya vivieron decenas de ciudades en todo el mundo, cuando el auto y los nuevos barrios vaciaron sus centros históricos y los dejaron convertidos en oficinas que cierran a las seis y no vuelven a abrir hasta el día siguiente. Pero aquí, además, hay ingredientes propios: calles coloniales angostas reventadas de micros, casonas que sus dueños prefieren dejar caer antes que restaurar porque las normas de preservación son durísimas y el municipio no ofrece nada real a cambio, y un comercio que se fue detrás de la gente hacia los centros comerciales periféricos.
La buena noticia es que este problema ya se resolvió en otras partes con decisiones concretas. Burdeos y Lyon volvieron a llenar de vivienda sus centros históricos con incentivos fiscales de verdad. Pontevedra sacó los autos del casco antiguo y el comercio, en lugar de morir, floreció, porque la gente que camina compra y vigila la calle con solo estar ahí. Medellín le apostó a espacio público de calidad para recuperar zonas que parecían perdidas. En Miami, Wynwood revivió un barrio industrial gracias al arte, aunque también dejó una lección muy clara: sin protección para los vecinos de siempre, el éxito termina expulsándolos.
Santa Cruz no tiene que copiar a nadie al pie de la letra. Pero sí puede robarse los principios que funcionan.
Primero: hay que repoblar el centro. Sin vivienda no hay centro vivo, y sin exenciones tributarias reales nadie va a arriesgar su plata en restaurar una casona patrimonial.
Segundo: hay que devolverle la calle al peatón. Aceras libres, buena iluminación y un transporte que no convierta cada cuadra en un caos son la diferencia entre un lugar donde la gente quiere estar y uno del que huye.
Tercero: esto no lo resuelve la Alcaldía sola. Se necesita una mesa real con propietarios, universidades, comerciantes y vecinos, como ya existe en otras ciudades de la región con sus distritos de mejora comercial.
Cuarto: el centro tiene que tener vida las veinticuatro horas, no solo en horario de oficina. Cafés, universidades, departamentos sobre los locales, teatros, mercados. Un lugar donde la planta baja vende café y la planta alta tiene luz prendida a las diez de la noche es un lugar seguro, sin necesidad de más policías.
El Casco Viejo cruceño tiene algo que ninguna política pública puede fabricar de la nada: identidad, patrimonio y una ubicación que cualquier ciudad envidiaría. Lo que le falta no es potencial, es decisión.
Cada casona que se cae, cada familia que se muda y cada negocio que baja la cortina hacen más cara la vuelta atrás. Todavía estamos a tiempo. Pero el reloj no espera a nadie, y mucho menos a este centro que vio nacer a Santa Cruz.