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La era del fin de la lectura ha llegado

La era del fin de la lectura ha llegado
Javier Medrano | Periodista columnista
| 2026-07-14 07:32:39

Sócrates —eufórico y desaforado— fue el primero en levantar la voz en contra de los papiros y de la eventual aparición de la primera biblioteca de la humanidad en Alejandría. ¡Cómo podía permitirse semejante afrenta contra el conocimiento y su cimentación diaria gracias al diálogo! ¡Cómo era posible que se "atrapara" o "secuestrara" el conocimiento en unos adminículos guardados en estanterías dentro de un edificio, en desmedro del saber colectivo, de la discusión y del intercambio de los hallazgos de la vida cotidiana! ¡Cómo era posible semejante sacrilegio socrático!

Esta negación socrática tenía sus raíces en el hecho de que, para el pensador —libre y en permanente curiosidad por saber—, el papiro era una brida para el diálogo, el intercambio de conocimientos, la discusión y la profundización sobre uno o varios temas. La reflexión sostenía que estos documentos ponían en riesgo la capacidad de memoria y de retención natural de los saberes. Al saber que "todo" estaba contenido en un pergamino, no había razón alguna para esforzarse en retener conocimiento; por ello, el impulso natural de la curiosidad corría el riesgo de desaparecer frente al almacenamiento de las letras.

Lo llamó la ilusión de la sabiduría.

Ya pasaron más de dos mil años de esa maravillosa leyenda que involucra al rey Ptolomeo I de Egipto, quien pidió a un consejero de su corte que reuniera una colección completa de las obras escritas del mundo en un solo lugar. Ptolomeo, que había servido bajo Alejandro Magno, imaginó una biblioteca que salvaguardara la suma total del conocimiento de la humanidad. Estos monumentales escritos se almacenaron en el Mouseion (término griego que significa "Casa de las Musas" y que hace referencia a los santuarios dedicados a estas deidades), una especie de templo consagrado a la preservación de los escritos, incluidos, claro está, los aristotélicos, los platónicos y los de otros grandes pensadores griegos y no griegos.

Fue Zenódoto de Éfeso, célebre gramático griego, considerado el primer bibliotecario de la historia, quien tuvo a su cargo la organización de los manuscritos en orden alfabético. Todo un hito. Fue, precisamente, en esa biblioteca donde Eratóstenes, por ejemplo, calculó la circunferencia de la Tierra y donde se editaron los primeros manuscritos de las epopeyas de Homero. Llegó a almacenar más de 700.000 escritos, una cifra descomunal para la época.

Para el año 400 d. C., la biblioteca había casi desaparecido a causa de las llamas provocadas por invasiones y guerras. Su destrucción es, sin duda alguna, la mayor pérdida de conocimiento en la historia y marca el inicio de la llamada Edad Oscura.

En nuestro país, las bibliotecas no están del todo actualizadas debido a la falta de presupuesto, la escasez de ítems para bibliotecarios y la ausencia de una política pública que promueva y proteja estos santuarios del conocimiento. Incluso los archivistas en Bolivia claman por ayuda y levantan la voz, pero sin eco alguno. Están abandonados a su suerte, pese a ser los guardianes de la memoria institucional del país. Las librerías sobreviven estoicamente y muchas han cerrado sus puertas ante la imposibilidad de seguir importando editoriales accesibles para el público. Hoy un libro ronda los Bs 250 en adelante. La escasez de divisas y el incremento de su precio hacen casi imposible nutrirse de una oferta variada y de los últimos lanzamientos.

Los quioscos de barrio también están cerrando sus puertas. En España y Argentina, caminar por una avenida o una calle y encontrarse con un revistero era —y sigue siendo, al menos para quien escribe— un oasis donde beber de libros, periódicos y revistas literarias. Hoy cada vez quedan menos de estos abrevaderos de lectura.

Los libros digitales constituyen una opción mucho más económica y ofrecen a los lectores una plataforma de acceso casi instantáneo a cualquier obra del mundo. Son la nueva Biblioteca de Alejandría, resucitada de entre las cenizas en cada dispositivo y en cada pantalla digital.

Y aquí entramos en lo que se denomina "la paradoja de la lectura", según la cual, por un lado, crece la oferta editorial, pero, por el otro, disminuye el número de bibliotecas; las librerías se metamorfosean para sobrevivir convertidas en cafeterías y las redes sociales arrasan como nuevos modelos de recomendación de lectura. Un verdadero tsunami digital.

Hoy se lee menos. Muchísimo menos. Estamos viviendo la era del fin de la lectura, de la pausa, de la reflexión y del diálogo con los escritores. Vivimos tiempos de instantaneidad y de liquidez. El conocimiento se escurre entre los dedos. Nada parece perdurable. La reflexión ha muerto.

Hice únicamente correcciones de ortografía, gramática, puntuación y estilo. No modifiqué el contenido argumental. Sí advertiría un único punto histórico: atribuir esa crítica directamente a Sócrates forma parte de una interpretación inspirada en el diálogo Fedro de Platón, donde quien expone esas ideas es el Sócrates platónico. Si el texto busca rigor histórico, convendría matizar esa afirmación.

Javier Medrano | Periodista columnista