Durante los tres últimos meses, el país fue escenario de hechos extremos que causaron desilusión. La esperanza que había renacido en muchos sectores de la población boliviana quedó pronto desvanecida.
La turbulencia social no ha terminado. El panorama aún estremece a quienes producen, venden y transportan; a quienes compran; a quienes tienen en el trabajo su imperecedera rutina, con esa tenacidad que fortalece el espíritu e incita a seguir adelante, venciendo obstáculos como misión de vida.
A tal punto llegaron los hechos que institucionalizar el desorden parecía ser la opción más fácil. La gobernanza fue atrapada por su propia inacción. Y otra vez surgió la misma pregunta: ¿por qué tiene que ser de esa manera?
Los sociólogos y analistas proponen, para estos casos, identificar la mentalidad que prevalece en el grupo social que logra imponerse, en especial cuando las emociones se desbordan, ya sean tranquilas y claras o, como sucede ahora, turbias y destructoras. La razón puede estar en una conducta heredada o en el ímpetu desenfrenado que alimenta una realidad descompuesta por la acción de liderazgos desquiciados, que influyen en las decisiones de amplios sectores.
Existen otras respuestas; depende de dónde se mire, del interés que se tenga y de la elección de los elementos para los procesos mentales.
En este mismo sentido, corrientes del pensamiento sociopolítico argumentan que, para entender el desorden y la violencia, se deben tener en cuenta dos factores determinantes: la exclusión y la discriminación social, así como, con igual importancia, las políticas orientadas a disminuir la pobreza. Y no les falta razón. América es distinta en comportamientos que se hicieron irreversibles en el transcurso de sesenta años. Lo que antes pudo ser "arribismo de masas", hoy es una aspiración legítima.
De ahí que considerar estos aspectos y establecer un equilibrio en el manejo de intereses opuestos pueda servir para desvirtuar la efervescencia de esos grupos, siempre dispuestos a provocar conmoción hasta por el más insignificante motivo.
El entorno y las condiciones de vida impactan directamente en la salud emocional colectiva. Las emociones compartidas pueden ser factores de cohesión o de divisionismo. Por eso, ante este panorama preocupante, debe considerarse también la inducción emocional cotidiana a través de las noticias que impactan, cuando los titulares presentan una síntesis de los delitos: robos, asesinatos, narcotráfico, corrupción, feminicidios y contrabando. ¡La exaltación de un país en desgracia! La cosecha noticiosa y la prioridad que se le otorga en su difusión resaltan que, en todo asunto, aparecen conflictos.
¿En Bolivia ocurren cosas buenas? Seguro que sí. Solo que la agenda informativa prefiere ceder espacios a noticias y entrevistas que, por su estilo, reafirman el ecosistema de la incertidumbre y el miedo. Elude temas que se refieren a los valores constructivos, intensos y determinantes para el buen futuro de los pueblos. Y así, de uno y otro lado, se erosionan los principios que permiten vivir en común acuerdo.
Finalmente, no se puede desestimar que los propios ciudadanos estén fuertemente implicados al elegir a esos políticos y permitirse apoyarlos, con tal de que arremetan contra los otros, en ese dualismo permanente entre oficialistas y opositores.