No hay amenaza más grande contra la civilización y sobre las nuevas generaciones como la cultura woke, no sólo por su visión ideológica erronea del mundo, por el marxismo decadente que expresa, sino porque reintroduce la visión de un mundo paradisiaco. En su célebre ensayo Elogio de la dificultad, Estanislao Zuleta nos advertía hace más de 40 años sobre este ideal malintencionado de las soluciones definitivas y la seguridad garantizada.
Esa fantasía se ha convertido en la bandera de una cohorte que lo ha tenido todo fácil en lo material, que se refugia en el victimismo, exigiendo disculpas a sus padres en lugar de hacerse cargo de su propio destino. Es una generación que ha crecido convencida de que la felicidad es un derecho inmediato y que cualquier incomodidad —histórica, social o simplemente vital— es una injusticia que alguien debe reparar.
El progreso humano y la civilización nunca han sido un camino idílico, sino una exigente carrera de obstáculos. El ser humano llegó a la cima de la evolución compitiendo y enfrentando dificultades; la cultura es la historia de conquistar cimas que antes parecían inalcanzables a base de sangre, sudor y lágrimas.
Un deportista no se hace pensando en paraísos, sino midiéndose contra un rival que le quiere ganar. Sin embargo, el progresismo actual pretende meter a la sociedad en una guardería gigante de abundancia pasivamente recibida. El socialismo alimenta esta trampa porque cree que la riqueza se crea chasqueando los dedos y que la solución es fácil. Olvidan que la naturaleza humana está diseñada para la lucha; llevamos ocho millones de años peleando por sobrevivir y, si dejamos de hacerlo, nos extinguiremos.
Esta obsesión por una igualdad forzada encontró su catalizador perfecto en las redes sociales. Las revoluciones ya no exigen carácter ni sacrificio; se hacen con el activismo de Instagram y la cultura del click que exige cambios profundos sin atravesar el trabajo lento y arduo que toda transformación real requiere. El globalismo, el multiculturalismo y un ecologismo radical que propone no tener hijos son las nuevas trampas de esta comodidad digital. Es la renuncia total a la angustia de pensar por uno mismo.
Zuleta describió con precisión el peligro de los movimientos provistos de una verdad única: la inevitable deriva hacia la lógica paranoide. En la cultura de la cancelación actual, si no estás de acuerdo, no te debaten; reducen tus argumentos a un síntoma de una naturaleza dañada. El que no está completamente conmigo, está contra mí. Al colectivizar la culpa y sacralizar el estatus de víctima, destruyen el respeto a la diferencia, que es el verdadero motor de la creación.
Esta generación añora regresar al Edén, a una eternidad de aburrimiento satisfecho donde el Estado provea todo a cambio de su libertad. Pero la vida real exige salir del huevo. Si renunciamos al mérito, a la competencia y a la dificultad, no alcanzaremos el paraíso; simplemente nos encaminaremos a la extinción.