No hay nada de raro en la conducta de Eduardo Valdivia, el ex gerente de BoA que actuó como un perfecto funcionario, como cualquiera que ocupa un cargo público y sabe que tiene recursos ilimitados, que nadie lo supervisa y que no tiene que rendir cuentas a nadie, pues su puesto no depende de resultados ni de los problemas que es capaz de resolver. Ese es el ADN de un funcionario, que además de las arbitrariedad y la displicencia ostenta una sobredosis de arrogancia y egolatría, porque desgraciadamente, todavía vivimos en un país que endiosa a los burócratas, les tiene miedo, los respeta y los aplaude, porque sabe que detrás de cada funcionario hay un arma letal con capacidad de hacer daño, de hacerle la vida a cuadritos a cualquiera que no se incline ante sus pies. El problema de Valdivia es que se hizo pillar exhibiéndose en el mayor espectáculo mundial. Lo más triste es que se trata de uno solo, nada en comparación con los 500 mil funcionarios que tiene Bolivia y que nadie se atreve a tocar ni con el pétalo de una rosa.