Enfoque Internacional

El fútbol como espejo: el Mundial y la democracia

Enfoque Internacional | | 2026-07-10 05:52:44

El Mundial, como cada cuatro años, termina enseñándonos mucho más que fútbol. Hemos visto sorpresas memorables: Cabo Verde empató con una de las favoritas, España, y luego complicó a Argentina; Paraguay eliminó a Alemania antes de caer frente a Francia. Son esas historias de David contra Goliat que mantienen viva la esencia del torneo y nos recuerdan por qué seguimos esperándolo con la ilusión de un niño.

Quizá por eso el Mundial se parece a algo más que una competencia deportiva. Creemos que vamos a ver fútbol y terminamos observando una versión condensada de nuestra sociedad. Mientras trabajaba en el nuevo Informe sobre Democracia y Desarrollo del PNUD, descubrí que muchas de las preguntas sobre el futuro de nuestras democracias aparecen también cada vez que rueda un balón.

El fútbol refleja con honestidad las virtudes y contradicciones de una sociedad. Muestra quién participa, quién queda excluido, cómo se distribuyen las oportunidades y cuánto pesan las reglas frente al poder económico. América Latina y el Caribe pueden mirarse en ese espejo, aunque la imagen no siempre resulte cómoda.

El primer reflejo aparece fuera de la cancha. Este ha sido el Mundial más caro de la historia: las entradas para la final alcanzaron casi 11.000 dólares, frente a los 1.600 de hace cuatro años. El deporte que nació en potreros y plazas se ha convertido en un espectáculo cada vez más inaccesible. No se trata solo de mejores ubicaciones, sino de que incluso la clase media que ahorra durante años comienza a quedar excluida.

Cuando el acceso disminuye, el fútbol pierde parte de la comunidad que le da sentido. Algo similar sucede en América Latina. Millones lograron salir de la pobreza durante las últimas décadas, pero ese avance se estancó mientras la riqueza siguió concentrándose. La grada empieza a parecerse a la sociedad: unos disfrutan del mejor lugar, mientras otros observan el partido desde la distancia.

El segundo reflejo surge dentro del campo. Cada Mundial revive la misma discusión: ¿gana el mejor jugador o el mejor equipo? La respuesta suele ser la misma. El talento individual puede decidir un partido, pero difícilmente conquista un campeonato sin organización, reglas claras y compañeros que funcionen como un verdadero equipo.

Con la democracia ocurre algo parecido. A menudo se deposita la esperanza en un líder capaz de resolverlo todo, cuando el verdadero éxito depende de instituciones sólidas que conviertan el liderazgo en resultados. El desarrollo tampoco se sostiene únicamente en el crecimiento económico, sino en la capacidad del Estado para transformar decisiones en bienestar colectivo.

El tercer reflejo es el más importante. Lo apasionante del fútbol es que nadie conoce el resultado antes del pitazo inicial. Esa incertidumbre es la esencia del juego. La democracia funciona igual: su fortaleza no consiste en garantizar quién gobierna, sino en asegurar una competencia abierta, justa y creíble.

Sin embargo, hoy las reglas del juego enfrentan nuevas presiones. La polarización, el crimen organizado, la desinformación, la revolución tecnológica y la crisis climática han transformado el terreno democrático. Durante años la región intentó resistir esperando que la tormenta pasara, pero ya no es una tormenta: es el nuevo clima. Ningún equipo puede jugar todo un Mundial encerrado en defensa; tampoco una democracia puede limitarse a sobrevivir. Debe adaptarse para seguir siendo competitiva.

Aun así, hay motivos para el optimismo. Pese a los altos precios, el negocio y las frustraciones, los aficionados siguen llenando plazas, bares y hogares para acompañar a sus selecciones. El vínculo con el fútbol permanece intacto.

Con la democracia ocurre algo similar. Aunque exista desencanto con los gobiernos, la mayoría de los latinoamericanos continúa creyendo que es la mejor forma de organizar la vida en común. Esa confianza puede estar desgastada, pero sigue siendo el principal capital para renovar nuestras instituciones.

Albert Camus, portero antes de recibir el Premio Nobel, afirmaba que todo lo que sabía sobre la moral lo había aprendido en una cancha. Allí comprendió que nadie juega solo. La democracia exige exactamente lo mismo: ciudadanos dispuestos a respetar las reglas, fortalecer las instituciones y asumir que el partido más importante no dura un mes, sino toda la vida.

Santiago Rodríguez-Solórzano - Latinoamérica21