El fútbol y la política tienen mucho en común: corrupción, presiones y abuso de poder. Esta semana el Mundial dejó dos ejemplos. Donald Trump llamó al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y la tarjeta roja que había recibido un jugador estadounidense desapareció como por arte de magia. Otra muestra de que, cuando hay poder de por medio, la FIFA acomoda las reglas. En Paraguay ocurrió lo contrario. Una senadora lanzó un ataque racista contra el delantero francés Kylian Mbappé, convencida de que su cargo la protegería. Se equivocó. El propio Senado paraguayo la repudió. Allí ganó el fútbol y perdió la política. La diferencia entre ambos es enorme. Del fútbol uno puede alejarse. Nadie obliga a ir al estadio, comprar una camiseta o mirar un partido. De la política no escapa nadie. La política cobra impuestos, decide sobre nuestro dinero, limita libertades, puede encarcelar y, cuando cae en manos de autoritarios, también puede matar. Por eso, aunque el fútbol tenga muchos defectos, sus daños nunca se comparan con los que puede provocar el poder político.