El cierre del Estrecho de Ormuz —la arteria por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial— no solo disparó el precio de la energía. Alteró las cadenas de suministro, aceleró la inflación, frenó el crecimiento y obligó a gobiernos y empresas a replantear decisiones estratégicas que definirán la próxima década. Aunque Washington y Teherán negocian un acuerdo para reabrir el paso marítimo, la economía mundial difícilmente volverá al punto de partida. El daño ya está hecho.
Los mercados celebraron el anuncio preliminar del acuerdo con una inmediata caída de los precios del petróleo. Sin embargo, la realidad logística es mucho más compleja. Cientos de buques permanecen inmovilizados, existe el riesgo de minas navales y gran parte de la infraestructura energética del Golfo ha permanecido inactiva durante meses. Reactivar pozos, refinerías y terminales requerirá inversiones millonarias y, en el escenario más optimista, entre seis y doce meses.
Pero el mayor obstáculo ya no es técnico. Es la confianza. Navieras, aseguradoras e inversionistas han comprobado que una de las rutas comerciales más importantes del planeta puede quedar paralizada en cuestión de horas. Incluso si el estrecho vuelve a abrirse, la percepción del riesgo permanecerá. Las primas de seguros serán más elevadas, el transporte marítimo más costoso y muchas empresas buscarán rutas alternativas para reducir su exposición.
La primera gran consecuencia ya es visible: el mapa energético mundial está cambiando. Países como Japón y Corea del Sur han recurrido temporalmente al carbón para compensar la escasez de gas y petróleo. Otros han acelerado sus programas nucleares y de energías renovables para depender menos del Golfo Pérsico. La seguridad energética ha desplazado al precio como principal criterio de decisión. Y ese cambio tiene un ganador evidente: China.
Mientras Occidente intenta diversificar sus fuentes de abastecimiento, Pekín domina la producción mundial de paneles solares, baterías, turbinas eólicas y buena parte de las cadenas de suministro asociadas a la transición energética. Una carrera iniciada hace más de una década hoy comienza a rendir dividendos geopolíticos.
Rusia también emerge fortalecida. Como segundo mayor productor mundial de petróleo y gas, ha encontrado nuevos mercados y mayores ingresos. Al mismo tiempo, países como Brasil, Guyana, Argentina, Colombia y Venezuela aceleran inversiones para aumentar su capacidad de producción y aprovechar un mercado sediento de proveedores alternativos. Mientras, Bolivia se ocupó de levantar sus propios bloqueos de sus estrechos caminos para que pasen alimentos, medicamentos, oxígeno y vida.
Paradójicamente, el gran perdedor podría ser el propio Golfo. Durante décadas, Dubái, Doha, Abu Dabi y otras ciudades construyeron una reputación basada en la estabilidad dentro de una región turbulenta. Los ataques contra aeropuertos, hoteles e infraestructura estratégica han erosionado esa imagen. Reconstruir edificios será relativamente sencillo; reconstruir la confianza internacional podría tomar años.
Mientras tanto, los efectos comienzan a sentirse en los hogares. El Banco Mundial advierte que la economía global entra en una etapa de menor crecimiento y mayor inflación. Los bancos centrales vuelven a subir las tasas de interés para contener el aumento de precios, encareciendo el crédito, frenando la inversión y debilitando el consumo. El escenario optimista con el que comenzó 2026 —inflación en descenso y crecimiento al alza— ha quedado atrás.
El enorme costo de esta guerra es una de las principales razones por las que el presidente de EE.UU. ha mostrado tanto interés en ponerle fin. También es un motivo para pensar que el acuerdo actual podría conducir a una paz duradera: muchos, incluyendo a Trump, están desesperados por que esto termine.
Sin embargo, reactivar una economía mundial que ha funcionado a ritmo reducido durante meses no será tarea fácil ni rápida. Cabe esperar que la economía se vea empujada hacia una senda de menor crecimiento y precios más altos durante algún tiempo. La guerra no solo modificó los precios de la energía. Modificó la forma en que el mundo entiende la seguridad económica. Aunque el alto el fuego se consolide y los barcos vuelvan a navegar, el recuerdo de estos cuatro meses seguirá influyendo sobre gobiernos, inversionistas y empresas. Más diversificación, mayores costos logísticos, cadenas de suministro más regionalizadas y una transición energética acelerada serán parte del nuevo paisaje.
Y Bolivia parece estar al margen de esos eventos de impacto mundial. La guerra puede haber terminado, aunque está por verse. Pero la economía mundial que existía antes de ella probablemente no volverá jamás. Los bloqueos podrán haberse levantado (aunque volverán en cualquier momento), pero Bolivia no atraerá inversión porque no se puede producir, desarrollar mínimas cadenas de producción, comercializar ni exportar. La COB es como Irán, peor que Irán: cualquier rato sabotean los caminos y lo que les parezca y nadie dice nada, literalmente, porque ni al gobierno lo dejaron «dialogar».