Como si nada hubiese sacudido las bases económica, política y social de nuestra patria, los cincuenta días de un bloqueo criminal, protagonizado por algunos dirigentes de la Central Obrera Boliviana (COB), la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) y la Federación de Cocaleros del Chapare, que ofició de "hada madrina" de este perverso asedio, hoy alzan su voz de protesta contra las medidas que les ha impuesto la justicia.
A lo largo de esos cincuenta días de brutal sitio, los llamados "pachamamistas", enarbolando la wiphala como pendón de guerra, revelaron palmariamente que, durante los veinte años en que detentaron el poder del Estado Plurinacional y Multiétnico, al margen de timar, saquear y despilfarrar nuestros recursos, solo se dedicaron a reformular el poder, borrando símbolos previos, catalogados como neoliberales o coloniales, tales como el uso de la corbata e imponiendo la obligación de utilizar el apelativo de "hermano" para refundar la identidad estatal.
La demagogia racial manipuló el término "hermano" para dividir en lugar de unir. El poder inventó una fraternidad selectiva basada en el origen étnico. Quien disiente pierde su condición de "hermano" y es transformado en el enemigo dinástico que debe ser excluido. La raza se convierte en el arma de Caín, disfrazada de justicia social.
Al imponer esa fraternidad obligatoria, la demagogia política masista transformó un lazo sagrado en un instrumento de control, ocultando la exclusión real bajo un falso manto de igualdad. Es ahí cuando el mito bíblico de Caín reaparece y cuando el lenguaje sagrado es hábilmente utilizado para purgar la disidencia.
Es entonces cuando el mito bíblico de Caín y Abel, que late en el corazón de cada discordia familiar, deja de ser solo un relato antiguo para convertirse en el arquetipo de la herida fraterna. Allí nacen la sombra de la envidia, el peso del favor selectivo y ese silencio condensado que precede a la ruptura definitiva entre hermanos.
A la luz de lo expuesto, es fácil colegir cuánto ha cambiado la sociedad boliviana después de las dos décadas de gobierno del Movimiento al Socialismo, exponente del denominado socialismo del siglo XXI, en el que ni su creador alemán, Heinz Dieterich, creyó plenamente, y menos aún cuando los integrantes del Foro de São Paulo se negaron a cancelar sus derechos de autor. Por supuesto, Carlos Marx lo habría negado más de tres veces, delegando quizá la autoría de su doctrina en los nunca olvidados "Hermanos Marx".
En lo que a los bolivianos compete, esa irrepetible experiencia debe llevarnos a reconstruir lo que fue aviesamente reformado: nuestra amada República de Bolivia, nuestros venerados símbolos patrios, una institucionalidad civilizada y una Constitución Política del Estado como la que nos legaron los padres de la Patria. Suficiente premonición patriótica para no recaer en el Paraíso de Satán y Evo.