Editorial

Pragmatismo o miseria

Recientemente se ha celebrado el 4 de julio, aniversario de Estados Unidos, y como siempre se abre el debate ideológico sobre el imperialismo, una discusión que jamás ha traído ninguna ventaja a nadie...

Editorial | | 2026-07-08 00:19:24

Recientemente se ha celebrado el 4 de julio, aniversario de Estados Unidos, y como siempre se abre el debate ideológico sobre el imperialismo, una discusión que jamás ha traído ninguna ventaja a nadie. Mientras los comités de retórica y el antiimperialismo de discurso trasnochado siguen atrapados en los complejos del siglo pasado, el mundo real avanza a velocidades de vértigo sobre rieles de pura conveniencia económica y bienestar social.

La ideología barata puede ser un excelente combustible para ganar elecciones y encandilar masas, pero es el peor método para erradicar la pobreza. Los hechos son tercos. Si queremos ver a dónde conduce el aislamiento dogmático y el enamoramiento con bloques basados en afinidades autocráticas, basta con mirar los resultados de nuestras alianzas de las últimas décadas. Nos relacionamos estrechamente con Cuba, con Venezuela, con el Brasil de Lula, con Rusia y con Irán. ¿Y qué quedó? Absolutamente nada más que escasez de divisas, estancamiento y un modelo rentista agotado.

En contraste, los países que decidieron dar un salto cualitativo hacia el desarrollo lo hicieron dejando a un lado los prejuicios. El pragmatismo inteligente consiste en entender que la soberanía real no se defiende con discursos inflamados, sino con instituciones fuertes, economías estables y mercados consolidados.

El ejemplo más demoledor de esto lo dan los propios regímenes comunistas de Asia. China entendió hace décadas que el mercado estadounidense era el motor ideal para financiar su impresionante metamorfosis industrial. Vietnam, tras sufrir una guerra devastadora contra Washington en los años 70, optó por sanar heridas y convertir a su antiguo archienemigo en su principal socio comercial, exportando hoy más de 200.000 millones de dólares anuales.

Si el sudeste asiático parece lejano, los ejemplos abundan incluso entre los perdedores de la Segunda Guerra Mundial. Alemania y Japón quedaron reducidos a escombros, pero dejaron atrás el rencor, se aliaron de forma pragmática con la potencia americana y en un par de décadas se transformaron en superpotencias tecnológicas globales. En nuestra propia región, vecinos como México y Perú han utilizado los Tratados de Libre Comercio con EE. UU. como palancas para generar empleo formal y sofisticar su aparato productivo.

Para Bolivia, el costo de anteponer la ideología al estómago de la gente ha sido altísimo. Desde la ruptura diplomática y la pérdida de las preferencias arancelarias en 2008, pasamos de tener un superávit comercial con Washington a un persistente déficit, relegando al comprador con mayor poder adquisitivo del planeta a un lejano séptimo lugar en nuestra balanza comercial.

En las condiciones en las que está Bolivia no hay espacio para la soberbia ciega. Los países exitosos no buscan amoríos ideológicos, sino mercados estables, transferencia tecnológica y empleo digno. Volver la mirada hacia Estados Unidos con un enfoque estrictamente pragmático no es sumisión; es, simplemente, empezar a gobernar con inteligencia.

En las condiciones en las que está Bolivia no hay espacio para la soberbia ciega. Los países exitosos no buscan amoríos ideológicos, sino mercados estables, transferencia tecnológica y empleo digno.