«Los juicios del Señor son la verdad, enteramente justos.» (Salmo 19,10)
El 4 de julio de 1863 fue el día más intenso y decisivo de la Guerra Civil de los Estados Unidos. Simultáneamente, tras un largo sitio, cayó la ciudad de Vicksburg, sobre el río Mississippi, dividiendo en dos las fuerzas del Sur, mientras el ejército confederado se retiraba después de ser derrotado en la gran batalla de Gettysburg, librada entre el 1 y el 3 de julio. Aún faltaría un año para poner fin al conflicto más sangriento de la historia de la nación.
El año pasado tuve la oportunidad de visitar los campos de batalla de Vicksburg, donde uno de mis propios ancestros participó como soldado. Quisiera conocer también Gettysburg, donde, el 19 de noviembre de 1863, el presidente Abraham Lincoln pronunció su breve discurso al dedicar el cementerio, para explicar el sentido de aquella batalla:
«Hace ochenta y siete años, nuestros padres crearon en este continente una nueva nación, concebida bajo el signo de la libertad y consagrada al principio de que todos los hombres nacen iguales. Estamos ahora envueltos en una vasta guerra civil que pone a prueba la idea de que esa nación, o cualquier otra así concebida y consagrada, pueda por largo tiempo subsistir. … Más bien, a nosotros, los vivos, nos corresponde consagrarnos a la gran tarea que aún tenemos por delante: que de estos muertos honrados tomemos una mayor devoción por la causa a la que ellos entregaron la última medida plena de devoción; que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán fallecido en vano; que la nación tenga un nuevo nacimiento de libertad, y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra.»
Al ser reelegido presidente, cuarenta y un días antes de ser asesinado, Lincoln pronunció su segundo discurso inaugural, que, junto con el discurso de Gettysburg, está grabado en el Lincoln Memorial, en Washington. En él reflexionó sobre la Guerra Civil, considerándola un castigo divino por el pecado de la esclavitud. Dijo:
«Sin embargo, si Dios quiere que esto continúe hasta que se agoten todas las riquezas acumuladas por los doscientos cincuenta años de trabajo no remunerado del esclavo, y hasta que cada gota de sangre derramada por el látigo sea pagada con otra derramada por la espada, como se dijo hace tres mil años, así debe seguir diciéndose: “Los juicios del Señor son la verdad, enteramente justos”. Sin rencor hacia nadie; con caridad para todos; con firmeza en lo justo, según Dios nos permite discernir lo justo, esforcémonos por terminar la obra que hemos emprendido; por sanar las heridas de la nación; por cuidar de quien haya luchado en la batalla, de su viuda y de su huérfano; por hacer todo lo posible para lograr y preservar una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones.»
Coinciden con nuestro 250.º aniversario los 25 años de los ataques del 11 de septiembre de 2001 perpetrados por terroristas islamistas. Aquellos atentados representaron un odio absoluto hacia todo lo que somos los Estados Unidos de América, hacia nuestras libertades y nuestra fortaleza económica. La actual guerra con Irán y los abusos de poder en las relaciones internacionales reflejan, creo, cierto síndrome de estrés postraumático provocado por aquellos injustificados ataques.
Los Estados Unidos siguen tratando de lograr la plena realización de aquella nación en la que todos nos vemos creados iguales y merecedores, por igual, de libertad y justicia. Tenemos una deuda pendiente con los pueblos originarios, que fueron desplazados, arrinconados y, en algunos casos, exterminados. Las actuales deportaciones de migrantes indocumentados, acompañadas de tratos crueles, inhumanos y vergonzosos, demuestran que gran parte de la población y de los gobernantes elegidos por ella no ha comprendido la visión de los fundadores ni la del presidente Lincoln. Personalmente, veo a mi patria más polarizada que en cualquier momento desde la Guerra Civil.
Algunos analistas observan una cierta inversión de valores entre los dos grandes partidos políticos. Fueron los demócratas del Sur, durante la Guerra Civil, quienes defendieron la institución de la esclavitud como un derecho de los estados, mientras que los republicanos del Norte buscaban abolirla. En aquel entonces, ambos bandos se respaldaban con argumentos bíblicos. Ahora son los republicanos, liderados por Trump, quienes utilizan tácticas de división y odio contra los migrantes para promover una agenda de mayor autoritarismo, frente a la propuesta de inclusividad social de los demócratas. Ambos continúan apelando a la Biblia, a pesar de la separación constitucional entre la Iglesia y el Estado y del hecho de que el país es cada vez más secular.
Para los católicos, no existe una buena opción política. Los demócratas promueven el aborto provocado y gran parte de la agenda antifamilia vinculada a la ideología de género, mientras que los republicanos defienden la libre tenencia de armas con las que se cometen masacres en las escuelas y toleran abusos contra los migrantes, utilizando un lenguaje cargado de racismo y falsedades. No fue casual que el papa Francisco, ante la última elección presidencial, calificara el escenario como una opción por el mal menor.
Pero no todo está mal. Al acoger a los hinchas durante la Copa Mundial, los visitantes han quedado maravillados por la hospitalidad que han recibido de los ciudadanos, quienes han adoptado en sus comunidades a las distintas selecciones clasificadas. Observan que somos un pueblo muy amigable. También están sorprendidos por la calidad y variedad de la comida, por la limpieza de los baños públicos y por muchas otras cosas positivas.
Pienso que, aunque el escenario político no me resulte muy alentador, Dios nos ha bendecido con la elección de un Santo Padre oriundo de Chicago y con experiencia misionera en Chiclayo. El papa León XIV demuestra que algo muy bueno puede surgir de los Estados Unidos de América. Sus enseñanzas en la encíclica Magnifica humanitas: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial constituyen un hermoso regalo para celebrar los 250 años del nacimiento de los Estados Unidos. En ella, el Papa americano —del norte y del sur— insiste en el papel de la Iglesia para dialogar con el mundo político con el fin de promover la libertad, la justicia, la paz y un progreso verdaderamente humanizador. Aclara que la Iglesia no posee una fórmula para resolver todas las cuestiones políticas, pero que su doctrina social constituye una guía para mantener un diálogo permanente con quienes ejercen el poder, buscando siempre el bien de las personas y de la comunidad humana. No debemos limitarnos únicamente al cielo post mortem, como algunos equivocadamente piensan.
Como misionero desde hace casi cuatro décadas en Bolivia, cuando viajo a mi tierra natal siempre aviso a mis familiares que «voy a casa». Pero, cuando regreso a mi misión en Bolivia, digo exactamente lo mismo: voy a casa. Espero que ambas naciones sean siempre un verdadero hogar, bajo Dios, con libertad y justicia para todos.
Dios nos bendiga.