Editorial

Verdugos con discurso de víctimas

Hay una escena que se repite en cada rincón del mundo: alguien sube a un escenario, invoca los derechos humanos con la voz quebrada de indignación...

Editorial | | 2026-07-06 00:42:10

Hay una escena que se repite en cada rincón del mundo: alguien sube a un escenario, invoca los derechos humanos con la voz quebrada de indignación, y termina proponiendo exactamente lo que históricamente ha empobrecido y esclavizado a los pueblos. Ese es el gran fraude ideológico de nuestro tiempo: los que más gritan "derechos humanos" suelen ser los primeros en pisotear los únicos derechos que realmente los sostienen.

El truco es simple y funciona porque apela a la emoción antes que a la razón. Se ha vaciado la palabra "derecho" de su significado original —una libertad que nadie puede arrebatarte— y se la ha rellenado con deseos: derecho a la vivienda, al empleo, al ingreso, a la salud gratuita, a la renta universal. Suena hermoso. El problema es que ninguno de estos "derechos" existe sin que alguien más sea obligado a pagarlos. No son libertades; son facturas que el Estado gira a nombre de terceros.

Los derechos verdaderos —la vida, la libertad, la propiedad— no le piden nada a nadie. Solo exigen que no te lo quiten. Son escudos, no cheques en blanco. Y sin embargo, son precisamente esos los que hoy se tildan de sospechosos, de "ultraderechistas", de obstáculos para la justicia social.

Aquí está lo más perturbador: cuando un gobierno decide que su misión es repartir en lugar de proteger, no logra más justicia, logra menos riqueza para repartir. La propiedad insegura y la libertad económica asfixiada espantan la inversión, frenan el emprendimiento y secan la fuente de la que salen los empleos. Las necesidades humanas son infinitas; los recursos, no. Ningún decreto cambia esa aritmética. Solo puede trasladar pobreza de un bolsillo a otro, hasta que ya no queda nada que trasladar.

Y ahí aparece la pregunta incómoda que casi nadie se atreve a formular: ¿es esto un simple error de cálculo, o hay una lógica más fría detrás? Porque un ciudadano que depende del Estado para comer, para curarse, para trabajar, es un ciudadano que no puede darse el lujo de desafiar al poder. Un ciudadano dueño de su tierra, de su negocio, de su salario, sí puede. La dependencia no libera: domestica.

Por eso quienes en nombre de la "justicia social" desmantelan la propiedad y la libertad económica no están liberando a nadie. Están fabricando súbditos con lenguaje de derechos humanos. Prometen dignidad y entregan dádivas. Prometen igualdad y entregan estancamiento. Prometen protección y entregan control.

La verdadera política social no consiste en administrar la escasez con discursos conmovedores, sino en crear las condiciones —propiedad segura, libertad económica, Estado de derecho— para que la prosperidad exista y pueda distribuirse algo más que promesas. Sin esos pilares, todo lo demás es ilusión: educación, salud, vivienda, se vuelven derechos de papel, imposibles de sostener.

Defender los derechos humanos empieza, necesariamente, por defender la libertad y la propiedad. Todo lo demás, sin esa base, es solo otra forma de esclavitud con buenos modales.

Defender los derechos humanos empieza, necesariamente, por defender la libertad y la propiedad. Todo lo demás, sin esa base, es solo otra forma de esclavitud con buenos modales.