Dios te bendiga

El Mejor Maestro: El Fracaso es

El Mejor Maestro: El Fracaso es
Mons. Roberto Flock | Columnista
| 2026-07-03 07:56:59

«No desprecies, hijo mío, la corrección del Señor, ni te disgustes cuando él te reprende.» (Proverbios 3:11).

Yoda, en la saga Star Wars (La guerra de las galaxias), representa la mayor voz de sabiduría. La frase más sabia que pronunció estuvo dirigida a Luke Skywalker en El último Jedi. Luke estaba desanimado porque su discípulo de mayor promesa, Ben Solo, se había convertido en Kylo Ren, incluso peor que Darth Vader, el padre de Luke. Por ello, Luke ya no quiso seguir otro consejo de Yoda: «Transmite lo que has aprendido». Pero aún le faltaba aprender otra gran lección. A la manera de hablar de Yoda: «El mejor maestro, el fracaso es.»

Como cristianos, no compartimos el dualismo de Star Wars. La oscuridad, para nosotros, no es un gran poder, sino una ausencia de luz, fácilmente superable. «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1:5). Sin embargo, el consejo de Yoda sigue siendo válido. El fracaso es un gran maestro. Quien sabe aprender de los errores, propios y ajenos, adquiere una gran sabiduría. En cambio, una definición de locura consiste en «seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes».

Según Google AI: «Esa famosa frase resume perfectamente la frustración humana de caer en la rutina esperando un cambio milagroso. Aunque popularmente se le atribuye a Albert Einstein, en realidad no hay registros de que él la dijera; su origen más probable está en los textos de organizaciones de doce pasos (como Alcohólicos Anónimos) a principios de los años ochenta».

Sea cual sea su origen, es una lección que deberían aprender quienes bloquearon inútilmente los caminos durante cincuenta y tres días para defender un modelo económico fracasado. Tanto los bloqueos como el modelo significan exactamente eso: seguir haciendo lo mismo esperando un resultado diferente.

El fracaso del modelo debería convertirse, para todos nosotros y especialmente para los masistas, en un gran maestro. Para muchos ya lo fue y, por eso, después de veinte años, perdieron las elecciones y el MAS estuvo a punto de perder su sigla. El socialismo no funciona. Es un modelo económico fracasado.

Este fracaso no se limita a Bolivia. El socialismo no funciona en ninguna parte. Incluso China ha prosperado gracias a su apertura al capitalismo de Estado y, posteriormente, a una mayor apertura económica de su población, sobre todo al integrarse al comercio con Estados Unidos y el resto de Occidente. Sin el consumo de los países que compran productos fabricados con mano de obra muy barata, China seguiría siendo uno de los países más pobres del mundo. Japón y Corea del Sur comenzaron, después de la Segunda Guerra Mundial, vendiendo productos de baja calidad —como los que hoy produce China—, pero ahora exportan automóviles y tecnología de punta. Aprendieron de sus errores y llevaron prosperidad a su población. En cambio, Corea del Norte es una inmensa prisión porque sus líderes se niegan a aprender de su propio fracaso.

Una de las cosas más difíciles para el ser humano es decir: «Me equivoqué», especialmente cuando ha permanecido mucho tiempo en un camino equivocado. No sorprende que esa definición de locura —aferrarse tercamente a un rumbo fracasado— se asocie con Alcohólicos Anónimos. Es mucho más fácil ser un borracho conocido por los demás que un alcohólico reconocido por uno mismo. Más difícil aún es cuando esa locura es colectiva. Así ocurre con el socialismo en sus diversas expresiones. Nacido del resentimiento por injusticias reales o imaginarias y sostenido por falsas promesas de «vivir bien», se mantiene indefinidamente a pesar de no cumplir jamás lo que promete. Poco a poco sustituye la utopía prometida por amenazas contra sus propios seguidores.

Basta estudiar la actual Constitución Política del Estado de Bolivia. En su Preámbulo promete «un Estado basado en el respeto e igualdad entre todos, con principios de soberanía, dignidad, complementariedad, solidaridad, armonía y equidad en la distribución y redistribución del producto social, donde predomine la búsqueda del vivir bien; con respeto a la pluralidad económica, social, jurídica, política y cultural de los habitantes de esta tierra; en convivencia colectiva con acceso al agua, trabajo, educación, salud y vivienda para todos».

Sin embargo, no puede cumplir esa promesa porque incurre en la locura socialista. Aunque proclama la «pluralidad económica», termina restringiendo la libertad económica de los bolivianos. Y esa es la libertad que hace posibles todas las demás. «El trabajador merece su salario», dice Jesús (Lc 10:7). ¿Acaso los sindicatos garantizan ese principio? Cuando el fruto del trabajo no está asegurado, las personas pierden motivación y buscan obtener beneficios al margen de la ley. Es decir, recurren a innumerables formas de corrupción y privilegios o, directamente, al crimen, como sucede con el negocio más capitalista de todos: el narcotráfico.

Cuando el propio partido gobernante necesita sostenerse clandestinamente mediante el tráfico de drogas, debería reconocer el fracaso del modelo. Pero no lo hace. Opta, tercamente, por bloquear ilegal y violentamente los caminos con sus bases manipuladas, perjudicando a quienes prefieren ganarse la vida honradamente y pagar impuestos para que existan los mismos caminos que luego son bloqueados.

Si «el mejor maestro, el fracaso es», el segundo maestro es el éxito. «El éxito engendra éxito», me decía mi director espiritual cuando era seminarista. Del éxito nacen la confianza y los recursos para emprender nuevos proyectos. Los grandes hombres, las personas célebres e incluso los santos pasan por fracasos y pruebas antes de alcanzar el éxito. Aprenden de ellos.

Bolivia también ha tenido su cuota de pruebas y fracasos. Ya es hora de aprender de ellos para experimentar el éxito en todo el país. Hace falta una campaña comunicacional y educativa dirigida a quienes todavía están dispuestos a aprender, tanto desde el currículo escolar como desde las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales. Asimismo, quizá convenga habilitar un manicomio para quienes permanecen aferrados a sus locuras; y tampoco habría que descartar la cárcel para quienes, impulsados por esa locura, recurren a la violencia para perpetuar el fracaso.

El consejo de los Proverbios va dirigido a todos los que bloquearon nuestros caminos y que hoy quizá sienten que todo fue en vano:

«No desprecies, hijo mío, la corrección del Señor, ni te disgustes cuando él te reprende, porque el Señor reprende a los que ama como un padre a su hijo muy querido. ¡Feliz el hombre que encontró la sabiduría y el que obtiene la inteligencia, porque ganarla vale más que la plata y ella rinde más que el oro fino! Es más preciosa que las perlas y nada apetecible se le puede igualar. En su mano derecha hay larga vida, y en su izquierda, riqueza y gloria.» (Proverbios 3:11-16).

En el fondo, este mensaje no es muy diferente del que Jesús dirigió a su querido amigo y elegido Pedro, a quien sabía que iba a fracasar en la hora de la prueba. Solo que, en el caso de Jesucristo y Simón Pedro, a diferencia de los personajes ficticios Yoda y Luke Skywalker, estaba realmente en juego el futuro del mundo entero:

«Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo; pero yo he rogado por ti para que no te falte la fe. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» (Lc 22:31-32).

Bolivia tiene un gran futuro. Que no pierda la fe, ni en Dios ni en sí misma.

Dios te bendiga.

Mons. Roberto Flock | Columnista