El Mundial nos está regalando postales inolvidables de resiliencia y audacia. Todo el planeta celebra las hazañas de selecciones teóricamente menores que desafían la historia: Paraguay eliminando heroicamente a Alemania en penales tras una espectacular remontada en la primera fase, o la vibrante irrupción de Cabo Verde, Senegal, Costa de Marfil y Marruecos.
Los titulares estallan y las masas se vuelcan a ovacionar a estos "chicos" que se agigantan en el césped. Es una catarsis colectiva comprensible. Sin embargo, este fenómeno expone una profunda contradicción: ¿por qué no existe una aclamación semejante para los pequeños países que logran verdaderas hazañas milagrosas en el campo económico, político y social?
Mientras Paraguay acapara portadas por su garra futbolística, su notable estabilidad macroeconómica, su baja inflación y su transformación en un polo de atracción de inversiones en el corazón de Sudamérica no reciben la misma ovación. Lo mismo ocurre en otras latitudes. Corea del Sur y Singapur tal vez no dominen los podios mundialistas vigentes, pero ejecutaron epopeyas tecnológicas y de desarrollo que los llevaron de la miseria extrema a la vanguardia global en menos de una generación. Irlanda y Luxemburgo, ausentes de la efervescencia futbolística, exhiben hoy los niveles de riqueza, PIB per cápita y bienestar más altos de Europa gracias a su apertura comercial y competitividad.
¿Qué explica este flagrante doble rasero mediático y cultural? Por un lado, el fútbol ofrece una narrativa de satisfacción inmediata, una épica simplificada donde el débil puede vencer al fuerte en noventa minutos bajo reglas claras. El desarrollo económico, en cambio, es un proceso gradual, silencioso y complejo de reformas institucionales. Sin embargo, esta colosal victoria humana no genera la misma ovación masiva porque carece de la espectacularidad emocional del gol de último minuto.
Por otro lado, opera un factor psicológico y cultural más oscuro: el sesgo hacia la retórica revolucionaria y, en ocasiones, el resentimiento hacia el éxito ordenado. Durante décadas, cierta opinión pública internacional ha aclamado con romanticismo las "grandes revoluciones" de países como Cuba o Venezuela, a pesar de que sus fórmulas estatistas terminaron en el colapso social, el desastre humanitario y la miseria. Nos fascina el relato del rebelde que desafía el sistema, aunque destruya su propia casa en el proceso. En contraste, el éxito de Suiza, Liechtenstein o Singapur, fundamentado en la disciplina financiera, el respeto a las leyes y los mercados libres, suele ser mirado con recelo, envidia o simple aburrimiento mediático.
El bienestar real de los ciudadanos no se mide en copas del mundo ni se logra con consignas ideológicas estridentes. Es hora de reconfigurar nuestros aplausos y reconocer que la verdadera épica moderna ocurre allí donde los países pequeños, lejos de los reflectores y el populismo, construyen prosperidad duradera. Esos son los chicos que verdaderamente se agigantan.
Nos fascina el relato del rebelde que desafía el sistema, aunque destruya su propia casa en el proceso. En contraste, el éxito de Suiza, Liechtenstein o Singapur, fundamentado en la disciplina financiera, el respeto a las leyes y los mercados libres, suele ser mirado con recelo, envidia o simple aburrimiento mediático.