Alemania estaba en ruinas en 1945, destruida por la guerra y asfixiada por el control de precios impuesto por el régimen nazi. Bolivia atraviesa una situación similar: devastada tras 53 días de bloqueos criminales que pulverizaron más de 1.000 millones de dólares, destruyeron mercados externos y costaron vidas.
Bolivia necesita su propia economía de guerra, salvando las distancias históricas, pero con la misma lógica implacable. Esto no se arregla con parches; se arregla con mano dura y libertad económica.
Lo primero es tratar los bloqueos como lo que son: crímenes contra la nación. La Fiscalía ya tiene 120 procesos abiertos, 323 personas procesadas y cargos por terrorismo.
Así como en los Juicios de Núremberg se castigó y proscribió a los nazis que destruyeron Alemania, Bolivia debe aplicar la misma rigurosidad contra quienes promueven y ejecutan los bloqueos. No son manifestantes; son los "talibanes" bolivianos: criminales que cercan ciudades y matan de hambre al país. No puede haber piedad ni negociación con ellos. Si el Estado no los encarcela por terrorismo y proscribe de raíz estos métodos, volverán a bloquear las carreteras y a destruir la economía el próximo mes.
Pero el castigo no sirve de nada si mantenemos el modelo económico que asfixia a quienes producen. El milagro alemán no ocurrió gracias al Plan Marshall ni a los créditos externos; ocurrió porque Konrad Adenauer y Ludwig Erhard liberaron la economía. De la noche a la mañana eliminaron el control de precios, redujeron impuestos y abrieron el libre mercado. En menos de una década, Alemania se convirtió en la locomotora económica de Europa.
Bolivia agoniza por el exceso de regulaciones, los cupos de exportación y las trabas estatales. El Gobierno no tiene que inventar nada nuevo, pero sí demostrar otro tipo de valentía política. El presidente Rodrigo Paz no necesita hacer mucho; lo que tiene que hacer es dejar de estorbar. El Estado debe achicarse de inmediato. Pedir fideicomisos es seguir mendigando un dinero que no existe y aumentar la dependencia estatal. Lo que los empresarios, exportadores y productores necesitan no son dádivas, sino que les quiten las cadenas de encima.
Hay que liberar por completo las exportaciones, eliminar el control de precios que genera desabastecimiento y reducir los impuestos para que la gente pueda trabajar e invertir con seguridad jurídica. Perdimos la confianza de los mercados internacionales frente a países como Paraguay y Ecuador porque permitimos que un grupo de vándalos destruyera la logística del país. La credibilidad solo se recupera garantizando el libre tránsito y el respeto a la propiedad privada.
Bolivia tiene tierra, recursos, capital humano y una clase productiva que, a pesar de todo, sigue proponiendo soluciones. Lo que le sobra son regulaciones; lo que le falta es libertad económica.
La disyuntiva es brutalmente clara: o aplicamos una economía de libre mercado y encarcelamos a quienes destruyen el país mediante los bloqueos, o dejamos que terminen de destruir Bolivia. La libertad económica no puede esperar. O reaccionamos ahora, o nos hundimos para siempre.