El socialismo ha acumulado fracasos estrepitosos. Tras la hecatombe de Cuba y la debacle de Venezuela, los referentes de la izquierda se han vuelto innombrables. Los izquierdistas de hoy ya no quieren ser asociados con el desastre económico, el autoritarismo, la destrucción institucional y la captura del Estado por redes criminales.
Durante casi setenta años, la izquierda mundial convirtió a Cuba en un modelo político y moral. Intelectuales, artistas y dirigentes la presentaban como una alternativa superior al capitalismo. Cuando la Unión Soviética se derrumbó, aseguraron que el problema no era el socialismo, sino su aplicación. Lo mismo ocurrió con Venezuela: durante más de dos décadas, innumerables dirigentes e intelectuales defendieron el proyecto chavista incluso cuando ya eran visibles la escasez, la inflación, la persecución política y el colapso institucional.
Ahora que Cuba es una economía en ruinas y Venezuela ha protagonizado una de las mayores crisis migratorias de la historia contemporánea, quienes defendieron esos modelos pretenden no tener nada que ver con ellos. La izquierda intenta presentarse como algo distinto, como si los fracasos del socialismo fueran accidentes aislados y no la consecuencia lógica de determinadas ideas.
El problema es que las propuestas son las mismas. Más intervención estatal, más planificación centralizada, más concentración de decisiones económicas y más desconfianza hacia la iniciativa privada. Cambia el lenguaje, cambian las consignas, pero el núcleo permanece intacto. Se habla de derechos, inclusión y justicia social, pero se sigue proponiendo que el Estado asuma funciones que la experiencia histórica ha demostrado que cumple peor que una sociedad abierta y una economía libre.
La izquierda suele apropiarse de causas como la salud, la educación o la lucha contra la pobreza, cuando los mejores resultados en esos ámbitos se observan en países que generaron riqueza mediante economías de mercado. No existe un solo país socialista que haya alcanzado los niveles de prosperidad, innovación y bienestar de las democracias capitalistas más desarrolladas. La riqueza que financia hospitales, escuelas y programas sociales no surge de la ideología; surge de la inversión, la productividad, el emprendimiento y la libertad económica.
La historia muestra además un patrón inquietante. La izquierda democrática suele presentarse como moderada en la oposición, pero cuando acumula suficiente poder tiende a debilitar los límites institucionales. Ocurrió en Cuba, Venezuela y Nicaragua, y en numerosos procesos revolucionarios del siglo XX. No es casualidad que gran parte de la izquierda internacional haya sido indulgente con dictaduras socialistas mientras condenaba otras formas de autoritarismo, justificando o minimizando los abusos de regímenes como la Unión Soviética, China, Cuba o Corea del Norte.
Existen, por supuesto, personas de izquierda sinceramente comprometidas con la democracia. Pero las ideas de concentración económica y política suelen desembocar en concentración de poder, y cuando el poder se concentra, las libertades desaparecen.
La izquierda tiene derecho a reinventarse, pero no puede exigir que el mundo olvide su historial. Antes de presentarse como solución a los problemas del presente, debería explicar por qué tantas veces, cuando tuvo la oportunidad de aplicar sus recetas, terminó creando problemas mucho mayores que aquellos que prometía resolver.