Estos cincuenta días de bloqueos y marchas registrados en el país, y muy especialmente en la región occidental, impulsados por la COB y los llamados “movimientos sociales originarios”, que pedían la renuncia del presidente Rodrigo Paz, hicieron que nuevamente recrudeciera el tema del racismo y de la antibolivianidad del indigenismo hacia el propio país. Cuestión que, antes de la llegada del corrupto y hoy desaparecido Movimiento Al Socialismo (MAS) a las esferas del poder en 2006, no estaba tan latente como lo está ahora y que, con su discurso de lo indígena originario campesino, además de su adoctrinamiento ideológico y político desde la educación inicial, logró posicionar en la mente de muchas personas del área rural estos temas en cuestión.
El racismo, entendido como la creencia en la superioridad de un grupo racial sobre el resto de la población, sin duda tiene raíces estructurales que se arrastran desde antes de la fundación de la nación. Aunque hubo intentos de superarlo en algunas etapas del siglo pasado y del presente, hasta hoy no se ha podido cumplir plenamente ese cometido a nivel nacional.
Hasta ahora, en el imaginario colectivo, solo se tiene el concepto de que el racismo proviene de la gente citadina hacia la gente rural. ¿Y qué ocurre con el racismo de las personas del área rural hacia las personas del área urbana?
La antibolivianidad del indigenismo hacia el propio país se vio reflejada claramente cuando, el pasado 25 de mayo, el diputado Rómulo Villca, afín a Edman Lara, señaló en una conferencia de prensa: «Ningún k’ara asqueroso va a seguir metiendo bala a mi pueblo». ¿Acaso no es esa una señal clara de racismo y de antibolivianidad del indigenismo hacia quienes no se identifican con él?
El hecho de destruir carreteras interprovinciales e interdepartamentales, así como el ornato público de las ciudades de La Paz y El Alto; impedir el paso de alimentos, carburantes, oxígeno, medicamentos, enfermos, transporte internacional y ambulancias, entre otros actos inhumanos, ¿no constituye una manifestación de antibolivianidad y racismo?
Bloquear permanentemente al país; afectar el desarrollo del turismo; provocar el cierre de empresas privadas, dejando a miles de personas sin trabajo; vulnerar el libre tránsito; impedir que las personas viajen de una región a otra; y obstaculizar el funcionamiento de tiendas comerciales, restaurantes, discotecas y otros negocios, ¿no son actos de antibolivianidad del campesino hacia su propio país?
Algunas expresiones surgidas de los sectores movilizados, como «k’aras» o los llamados a que «sufran quienes viven en las ciudades», o frases como «que renuncie ese presidente k’ara, Rodrigo Paz», ¿no constituyen actos de racismo y antibolivianidad?
Las acciones llevadas a cabo por el primer presidente indígena del país, Evo Morales, orientadas a cercar las ciudades y a intentar volver al poder a toda costa, aun vulnerando la Constitución Política del Estado (CPE) y sin importar que corra sangre en los conflictos político-sociales, ¿no se constituyen también en actos de antibolivianidad?
La muerte de más de diez personas durante estos bloqueos y marchas, al impedirles el paso oportuno y vulnerar sus derechos humanos más elementales, ¿no refleja una forma extrema de antibolivianidad por parte de los sectores indígenas movilizados?
Estos y muchos otros hechos que, según esta perspectiva, exponen la antibolivianidad de lo indígena originario campesino hacia el país, darían la impresión de ser expresiones de un profundo resentimiento contra los cimientos mismos sobre los que se sostiene la nación. Todo lo indicado solo demostraría desprecio y rechazo hacia esta Bolivia posible que sigue esperando a todos nosotros —k’aras, t’aras, indios, no indios, citadinos y campesinos— con una visión compartida de país desde 1825.