«Bolivia, corazón de Sudamérica»... Llevamos años repitiendo el mantra. En discursos, canciones, escritos y columnas hemos repetido hasta el cansancio un sentimiento enorgullecedor que inflama entusiasmos y espíritus. Pero ¿de qué “corazón” seguimos hablando?
¿Acaso del país que no ha podido constituirse plenamente como una sola nación desde su independencia, aunque muchos bolivianos —criollos, indígenas, mestizos; altiplánicos, vallunos y llaneros; occidentales y orientales— han muerto defendiendo ese sentimiento de patria que siempre, tarde o temprano, termina mancillado y olvidado por permanentes estrecheces mentales asentadas en manidas visiones de clase, etnia, región, educación —tan venida esta a menos— o poder?
Tendría muchos argumentos para negar el mantra, pero me bastará con lo que nos dejó el pastiche ideológico y racista del masismo: una mezcla de socialismo del siglo XXI trasnochado con un indianismo disfrazado de indigenismo progresista. Desde 1991, en el Chapare comenzaron los bloqueos carreteros —aprovechando que por esa región pasaba, y aún pasa, el eje vial Occidente-Oriente— para defender los sembradíos de coca, aunque en realidad se defendía su utilización para la producción de pasta base de cocaína, pues las hojas de coca chapareñas no son las más aptas para el consumo tradicional. Resulta paradójico que la campaña «Coca no es cocaína», impulsada durante el gobierno de Jaime Paz Zamora, terminara proporcionando una justificación discursiva a aquellos reclamos y, posteriormente, a todo lo que vendría.
A estos primeros bloqueos se sumaron, en 1992, movilizaciones impulsadas por la COB y la CSUTCB con diversas demandas, especialmente orientadas a enfrentar las posibles privatizaciones. Más adelante, las protestas se dirigieron contra el Plan Dignidad y la política de Coca Cero, acompañadas por la solidaridad efectiva y mediática de buena parte de la izquierda local y de las gauche caviar vinculadas a organizaciones no gubernamentales del Primer Mundo. Tras la disminución de la conflictividad y la ampliación legal de los catos de coca durante el gobierno de Carlos Mesa, quedó servida la mesa —aunque no únicamente por ese motivo— para la victoria electoral del MAS-IPSP, sustentada en un discurso que mezclaba la defensa indígena con la recuperación de la dignidad nacional. Sin embargo, aquel proyecto terminó utilizando al indígena como telonero político mientras acercaba al país al eje Caracas-La Habana, con la complicidad de Brasil y Argentina, además de actores como Irán y diversos cárteles colombianos, mexicanos y brasileños, favorecidos —según esta interpretación— por la ampliación de la coca legal en el Chapare, destinada principalmente a mercados distintos del consumo tradicional.
La falta de seguridad jurídica, la inseguridad política y sus efectos sobre la infraestructura vial; la estrecha vinculación con los regímenes del socialismo del siglo XXI y con diversos movimientos autodenominados progresistas; además de la impunidad de los cárteles, fueron algunos de los factores que contribuyeron al fracaso del proyecto del Corredor Bioceánico que debía unir el puerto de Santos, en Brasil, con el puerto de Ilo, en Perú, atravesando territorio boliviano.
Hoy, el Corredor Bioceánico de Capricornio está próximo a conectar el océano Atlántico desde Mato Grosso, en Brasil; cruzar el nuevo puente internacional sobre el río Paraguay en Carmelo Peralta; atravesar el Chaco paraguayo; pasar por Salta y Jujuy, en Argentina; y cruzar los Andes hasta llegar al Pacífico a través de los puertos chilenos de Antofagasta, Iquique, Tocopilla y Mejillones. Todo ello, prescindiendo completamente de Bolivia.
¿Qué perdió Bolivia? Conectividad, ingresos por tránsito, articulación regional y, quizás lo más importante, imagen de país serio y confiable.
La alternativa es —o era, especialmente después de estos cincuenta días de bloqueos, que aún continúan— la propuesta del Corredor Ferroviario Bioceánico Central (CFBC), también conocido como Tren Bioceánico, que uniría los puertos de Santos, en Brasil, y Chancay, en Perú, atravesando Oruro, Cochabamba y Beni. Pero cabe preguntarse cuán fácil sería para los bloqueadores interrumpir o incluso descarrilar un proyecto de esta naturaleza.
Mientras tanto, la solución más sensata, económica y viable continúa siendo la Hidrovía Paraguay-Paraná. Coincido con Kempff cuando sostiene que «es una alternativa relevante para el comercio exterior boliviano» (El Corredor Bioceánico y la logística de Bolivia), aunque discrepo respecto a otorgar mayor prioridad al Tren Bioceánico. La inversión económica, diplomática y política necesaria para consolidar plenamente la participación boliviana en la hidrovía —que permitiría acceder al Atlántico atravesando Paraguay y Argentina, así como llegar a Brasil e incluso a Venezuela, como ya lo ha hecho Gravetal— podría concretarse mediante una alianza público-privada entre la Gobernación y capitales nacionales o extranjeros.
Estos cincuenta días inconclusos de bloqueos —que para algunos analistas reflejan la inviabilidad del país— no pueden entenderse como un fenómeno aislado y pasajero. Constituyen una etapa más dentro de una disputa por el poder entre un modelo de Estado corporativista, caciquista y populista de izquierda —aunque algunos amigos cercanos a la centroizquierda y la izquierda discrepen de esa caracterización del masismo— y otro que procura mantenerse dentro de parámetros democráticos.
Los días de bloqueos y violencia nos están haciendo retroceder hacia un país donde la ley y los derechos de todos son avasallados por grupos minoritarios, prebendales y violadores de los mismos derechos humanos que dicen defender. Si algún “éxito” han tenido estas movilizaciones, ha sido el de reavivar el rechazo hacia los indígenas rurales —convertidos, según esta visión, en factores de empobrecimiento para los indígenas migrantes urbanos— y hacia los liderazgos corporativos sindicales anclados en las mentalidades de las décadas de 1940 y 1950. Asimismo, han profundizado las diferencias regionales sobre la idea misma de país.
La economía, que ya arrastraba una trayectoria cada vez más crítica desde el declive iniciado en 2014, continúa deteriorándose. La inflación reaparece, la inversión extranjera —sin mencionar la nacional— se desvanece, y también se diluyen los esfuerzos por convertir a Bolivia en un polo turístico sostenible, una aspiración defendida por especialistas como Molina y Mendoza y promovida con entusiasmo por Yáñez.
Cincuenta días de conflictos en nombre del «pueblo». Pero ¿de qué «pueblo»?
Porque todos repetimos, como en aquella canción:
Tiritas pa’ este corazón partío...
Llévame, si quieres, a perder,
a ningún destino, sin ningún porqué.