Los mapas engañan. Vistos desde el espacio, Rusia parece inmensa. Estados Unidos parece omnipresente. Sus presupuestos militares superan los de la mayoría de los países del mundo combinados. Sus arsenales pueden destruir ciudades enteras. Sus satélites observan cada rincón del planeta. Sin embargo, una y otra vez, estas mismas potencias tropiezan con la misma piedra: confunden capacidad militar con capacidad política. Rusia no aprendió de su invasión a Afganistán y ahora lo está recordando en Ucrania. Estados Unidos lo aprendió en Vietnam. Volvió a aprenderlo en Afganistán. Lo redescubrió en Iraq. Y continúa comprobándolo frente a Irán.
Tanto Rusia como Estados Unidos iniciaron estos conflictos convencidos de que la superioridad militar les permitiría alcanzar objetivos políticos ambiciosos, además de cometer errores de inteligencia estratégica y de estrategia. Moscú subestimó la resistencia ucraniana; Washington, por su parte, hizo lo propio con Irán.
El editor de Defensa de la revista The Economist, Shashank Joshi, afirma que la guerra moderna sigue dependiendo de la fuerza militar, pero que la fuerza militar ya no basta. Un misil puede destruir una central eléctrica. No puede destruir una identidad nacional. Un tanque puede ocupar una ciudad. No puede fabricar legitimidad política. Un bombardeo puede demoler edificios. No puede obligar a una población a aceptar una nueva realidad. Esta misma lógica ayuda a entender el caso iraní. Durante más de cuatro décadas, Estados Unidos ha desplegado prácticamente todas las herramientas imaginables: sanciones económicas, presión diplomática, operaciones encubiertas y demostraciones de fuerza militar. Sin embargo, la República Islámica sigue en pie. Más aún, continúa influyendo en la política regional desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo oriental.
Fareed Zakaria, periodista y analista geopolítico de gran prestigio internacional, lleva años advirtiendo que las grandes potencias suelen sobreestimar lo que la fuerza puede conseguir. No fracasan porque sean débiles. Fracasan porque creen que su poder les permite controlar resultados políticos extraordinariamente complejos. La realidad es más dura. Pueden destruir. Pueden castigar. Pueden intimidar. Pero cada vez les resulta más difícil imponer. Ese es el gran descubrimiento geopolítico de nuestro tiempo.
Si el gran problema de las grandes potencias es convertir la fuerza militar en resultados políticos duraderos, surge una pregunta inevitable: ¿cómo terminan entonces estos conflictos? La respuesta probablemente no se encuentra en las guerras de victoria total del siglo XX, sino en los conflictos congelados que caracterizan cada vez más al siglo XXI.
La guerra de Ucrania ofrece el ejemplo más evidente. Rusia no ha logrado someter a Ucrania. Ucrania no ha logrado expulsar completamente a Rusia. Los ejércitos siguen combatiendo. Los territorios siguen cambiando de manos. Pero la posibilidad de una victoria decisiva para cualquiera de los dos bandos parece cada vez más distante.
Aquí aparece un precedente histórico inquietante: Corea. En 1950 comenzó una guerra que prometía la reunificación de la península bajo uno u otro sistema político. Tres años después, ninguno de los dos objetivos se había cumplido. Millones habían muerto. Ciudades enteras habían desaparecido. Y, sin embargo, la guerra terminó prácticamente donde había comenzado. Lo único que quedó fue una cicatriz: una frontera fortificada, una zona desmilitarizada y un conflicto congelado. Setenta años después, aquella cicatriz sigue atravesando la península coreana. Cada vez más analistas consideran que Ucrania podría evolucionar hacia una situación parecida. No una paz definitiva. No una victoria total. Un armisticio de facto. Una línea de separación protegida por fortificaciones, sensores, drones y garantías internacionales. Una guerra terminada en los hechos, pero no en la política.
También ayuda a entender la relación entre Estados Unidos e Irán. Después de más de cuarenta años de confrontación, ninguno de los dos ha derrotado al otro. Estados Unidos no ha logrado transformar decisivamente el comportamiento estratégico iraní. Irán tampoco ha conseguido expulsar la influencia estadounidense de la región. Ambos continúan compitiendo. Ambos continúan armándose. Ambos continúan preparándose para escenarios de conflicto. La rivalidad persiste porque ninguna de las partes posee la capacidad política para imponer una solución definitiva. Y eso puede convertirse en una característica central del orden internacional emergente.
Las grandes potencias podrán seguir siendo poderosas. Pero cada vez encuentran más difícil controlar los resultados finales. Estados medianos, movimientos insurgentes, economías sancionadas e incluso actores no estatales disponen hoy de herramientas suficientes para resistir durante años. Quizá por eso Ucrania, Irán, Afganistán e Iraq cuentan, en realidad, una misma historia: la historia de cómo incluso los gigantes descubren, tarde o temprano, que la fuerza tiene fronteras.