Bolivia posee una habilidad extraordinaria que bien podría ser objeto de estudio en las mejores universidades del mundo. No se trata del litio, del gas, del hierro del Mutún ni de su enorme biodiversidad. Nuestra verdadera especialidad consiste en identificar oportunidades millonarias y luego destruirlas mediante burocracia, mezquindad política, corrupción o simple incompetencia administrativa.
Mientras otros países compiten por atraer inversiones, generar empleo y desarrollar tecnología, nosotros seguimos atrapados en una discusión más elemental: quién se queda con el protagonismo, quién firma el contrato y quién obtiene el beneficio político.
Un ejemplo evidente se encuentra en el área de la salud. La Paz alberga un Instituto Gastroenterológico de Cuarto Nivel que, según especialistas, podría convertirse en uno de los centros médicos más avanzados de Sudamérica. No hablamos de un hospital convencional, sino de una infraestructura diseñada para la investigación científica, la formación de especialistas, los trasplantes de alta complejidad y la cooperación académica internacional.
Mientras cientos de médicos sudamericanos invierten grandes sumas para especializarse en Europa o Estados Unidos, Bolivia podría convertirse en un centro regional de formación. El impacto económico sería considerable: profesionales llegando al país, hoteles ocupados, restaurantes trabajando, servicios creciendo, divisas ingresando y prestigio internacional fortalecido. Sin embargo, para aprovechar esa oportunidad sería necesario pensar más allá del corto plazo político.
La reciente crisis por la escasez de oxígeno en La Paz dejó una pregunta incómoda: si existe una planta productora de oxígeno medicinal instalada en ese complejo hospitalario, ¿por qué no se utiliza plenamente? ¿Cómo es posible que, en medio de una emergencia, se busquen soluciones externas mientras se desaprovechan recursos disponibles?
La respuesta parece encontrarse en una combinación de burocracia, rivalidades políticas y resistencia a reconocer errores. En Bolivia, con demasiada frecuencia, resulta más importante proteger posiciones que resolver problemas. Y esa lógica termina teniendo consecuencias reales para la población.
Si el caso de la salud refleja nuestra dificultad para aprovechar oportunidades, el proyecto del Hub Internacional de Viru Viru representa un ejemplo aún más evidente.
Santa Cruz ocupa una ubicación geográfica privilegiada en el corazón de Sudamérica. Desde allí es posible conectar el Atlántico con el Pacífico, el norte con el sur del continente y consolidar rutas estratégicas de pasajeros y carga. Aeropuertos como los de Panamá, Bogotá o Lima han construido gran parte de su crecimiento económico alrededor de ventajas similares. Bolivia, en cambio, continúa observando desde la tribuna.
La transformación de Viru Viru en un gran centro logístico regional podría generar miles de empleos directos e indirectos, multiplicar la carga aérea, atraer inversiones y convertir a Santa Cruz en uno de los principales nodos de transporte de América del Sur. Sería uno de los pocos proyectos con capacidad para producir un impacto estructural en la economía nacional.
Sin embargo, para concretarlo se requiere voluntad política, un recurso que parece más escaso que los dólares. Cada vez que surge una propuesta de inversión o aparece una empresa con experiencia internacional, emergen también los defensores del inmovilismo: aquellos que convierten cada iniciativa en una disputa de intereses y cada proyecto en una batalla de egos.
Así seguimos, con hospitales capaces de convertirse en centros académicos continentales, con infraestructura subutilizada, con aeropuertos que podrían transformarse en plataformas regionales y con oportunidades reales para generar empleo y crecimiento. El problema no es la falta de recursos ni de potencial. Es la incapacidad de aprovecharlos.
Bolivia no necesita milagros ni descubrimientos extraordinarios. No requiere encontrar petróleo en Marte ni una nueva montaña de oro. Necesita algo mucho más simple y, al mismo tiempo, más difícil: autoridades capaces de comprender que el desarrollo no consiste en controlar proyectos, sino en hacer que sucedan.
Porque mientras seguimos discutiendo quién corta la cinta inaugural, otros países ya están construyendo los aeropuertos, formando especialistas y generando empleos. Y cuando finalmente reaccionamos, la oportunidad ya ha pasado.
Por eso, más que una falta de recursos, nuestro mayor problema parece ser la incapacidad de convertir nuestras ventajas en progreso. Una tragedia que se repite con demasiada frecuencia y que amenaza con seguir hipotecando el futuro del país.