Tiene mérito lo de la Central Obrera Boliviana. En plena agonía económica, con el país exhausto tras 48 días de un paro cardiovascular en las carreteras, la dirigencia matriz ha tenido la gentileza de entregar una receta médica. No para curar al paciente sino para garantizar que muera en la postura ideológica correcta. Su "planteamiento de pacificación" es el acta de capitulación que el sindicalismo le exige firmar a un gobierno arrinconado, que prefiere el chantaje a la acción.
El documento entregado es una obra de arte del surrealismo catastrófico. Contiene ocho ejes que configuran, con precisión milimétrica, el diseño de un país inviable. La COB nos propone fundar la República Autónoma del Deseo, un lugar mágico donde la escasez de dólares se soluciona prohibiendo por ley la realidad, y donde las matemáticas fiscales son consideradas una desviación neoliberal.
Analicemos la genialidad de la receta. En el plano económico, la COB exige no tocar el modelo: ni privatizaciones, ni concesiones, ni créditos del FMI, ni —¡líbrenos Marx!— tocar el precio de los combustibles. Es decir, el estado boliviano debe seguir importando gasolina cara con dólares que no tiene, para venderla barata a un mercado interno desabastecido, mientras se le prohíbe buscar oxígeno financiero. La propuesta es clara: si nos vamos a estrellar contra el precipicio, que sea con el tanque lleno y manteniendo la propiedad estatal del parabrisas.
Pero el verdadero núcleo del pliego es el Eje 7, esa promesa celestial de crear un "fondo soberano" para que todos los trabajadores se jubilen con el 100% de sus ingresos. Qué maravillosa audacia la de prometer un fondo soberano en un país cuyas reservas internacionales son hoy una pieza de arqueología. ¿Con qué se va a financiar ese fondo? ¿Con las utilidades de las empresas públicas estratégicas que operan a pérdida? Ofrecer jubilaciones de oro en un país en quiebra es como repartir boletos de primera clase para el Titanic cuando el agua ya nos llega a las rodillas.
A cambio de estas concesiones alucinógenas, la COB ofrece "pacificar" el país. Es decir, se comprometen a dejar de asfixiarnos a condición de que aceptemos la impunidad de los bloqueadores (bautizada tiernamente como "no criminalización de la protesta") y les otorguemos el derecho de veto sobre cualquier ley económica mediante la consulta previa obligatoria. La COB ya no quiere derrocar a Rodrigo Paz; ha descubierto que es más rentable gobernar a través de él.
Por eso resulta inevitable confesar el miedo a este diálogo tramposo para un gobierno que,en su desesperación por abrir las carreteras, podría aceptar una hoja de ruta hacia la hecatombe. Bolivia no necesita un diálogo que perpetúe el modelo que nos dejó en la ruina. Si el Gobierno se somete y firma este pliego, el país que quede no será el que planificaron los bolivianos en las urnas; será un país hecho a imagen y semejanza de la COB: paralizado, quebrado, aislado del mundo, pero eso sí, estrictamente estatizado. Y entonces sí, estaremos muchísimo peor.
Resulta inevitable confesar el miedo a este diálogo tramposo para un gobierno que, en su desesperación por abrir las carreteras, podría aceptar una hoja de ruta hacia la hecatombe.