Recientemente, Ucrania respondió al ataque ruso contra un edificio residencial en Kiev, que dejó el doloroso saldo de más de 20 personas muertas, lanzando el mayor ataque con drones de fabricación local sobre Moscú.
Pocas veces en la historia contemporánea un conflicto armado ha puesto de relieve una transformación tecnológica tan acelerada como la observada a partir de la invasión rusa de Ucrania, en 2022. Los drones, hoy omnipresentes y determinantes, se han convertido en una herramienta central en el campo de batalla.
La principal lección de la guerra en Ucrania es que el mundo ha entrado en una era en la que tanto los Estados como los actores no estatales, las grandes potencias y los países de menor poder despliegan armas y sensores de precisión de bajo costo a gran escala, tanto de corto como de largo alcance.
Estos dispositivos cumplen funciones cada vez más diversas: existen drones para vigilar y localizar al enemigo, para atacar, para confundir las defensas actuando como señuelos, para interferir comunicaciones y también para recorrer largas distancias con el fin de destruir objetivos estratégicos.
La proliferación de estos vehículos no tripulados obligó a replantear los sistemas de defensa antiaérea. No resulta lógico ni rentable utilizar costosos misiles para derribar drones, por lo que fue necesario desarrollar drones interceptores diseñados específicamente para destruirlos en vuelo. También existen modelos de mayor tamaño, similares a pequeños aviones, capaces de transportar misiles o bombas. Incluso los hay de uso naval.
En el conflicto de Medio Oriente, Irán ha lanzado miles de drones contra distintos objetivos, en una apuesta por saturar las defensas y expandir el caos en la región. Los drones Shahed, conocidos como kamikazes, transportan explosivos que detonan al impactar y pueden causar graves daños. Por su parte, Estados Unidos ha empleado contra Irán los drones Lucas (sigla en inglés de Low-Cost Uncrewed Combat Attack System, o Sistema de Ataque de Combate No Tripulado de Bajo Costo), caracterizados por su gran precisión y alto poder destructivo.
Los drones que utilizan inteligencia artificial son vehículos aéreos no tripulados capaces de percibir su entorno, evadir interferencias electrónicas, procesar datos y tomar decisiones autónomas. Pueden operar incluso en "enjambres" que se coordinan entre sí para decidir dónde y cuándo atacar, superando las defensas enemigas mediante acciones sincronizadas de saturación. Estos enjambres representan una innovación significativa en el ámbito militar y obligan a los estrategas a reconsiderar tácticas y sistemas defensivos.
La utilización de drones está llevando a los ejércitos del mundo a replantear sus estructuras. No siempre se impondrá quien posea el armamento más costoso, sino quien logre producir, reponer y operar estas tecnologías de menor precio con mayor rapidez y en mayores cantidades. Quien no integre drones, sistemas antidrones e inteligencia artificial en su estrategia militar quedará en desventaja operativa.
Los drones baratos, de largo alcance y producción masiva han transformado la guerra moderna, acelerando los ciclos de decisión y obligando a los ejércitos a combatir en un cielo saturado de sensores.
Mientras el combate dependa de algoritmos y operadores a distancia, el desafío será mantener algún grado de control humano sobre las decisiones de vida o muerte, antes de que la velocidad de la guerra vuelva irrelevante cualquier límite. Una tecnología que nació para usos civiles se ha convertido en una herramienta letal al servicio, incluso, de asesinatos selectivos.