La pobreza es el fenómeno más estudiado y menos comprendido de nuestro tiempo. Se la invoca para justificar políticas, protestas, bloqueos, subsidios y discursos ideológicos de toda clase. Sin embargo, si algo demuestra la experiencia humana es que no existe una explicación para la pobreza.
Detrás de cada persona pobre hay una historia diferente. Algunos nacieron en condiciones adversas, otros sufrieron enfermedades, accidentes o desastres naturales. Hay quienes perdieron todo por una mala inversión, por una crisis económica o por la simple mala suerte. También existen quienes tomaron malas decisiones, desperdiciaron oportunidades o nunca desarrollaron hábitos productivos. La pobreza tiene infinitas causas posibles; cada ser humano tiene una historia distinta. Y, sin embargo, se insiste en reducir todo a una sola explicación: la existencia de los ricos.
Según esta visión, unos son pobres porque otros son ricos. La riqueza sería el resultado de una apropiación permanente de los recursos ajenos. Pero la realidad se empeña en desmontar esa teoría. En Cuba abolieron la riqueza, eliminaron la propiedad, pero nadie abandonó la pobreza, salvo las élites políticas. La miseria se extendió hasta estallar en una crisis humanitaria, fenómeno que se ha repetido en decenas de países que se sometieron al mismo experimento.
Es inútil luchar contra la pobreza de esa manera y lo que sí funciona es imitar a Corea del Sur, Singapur o Irlanda, que se concentraron en los factores que generan riqueza y con ello lograron resultados extraordinarios en tiempo récord.
La receta es crear las condiciones para trabajar, ahorrar e invertir y punto. Esos tres factores constituyen la base de toda generación sostenible de riqueza. El trabajo produce valor. El ahorro permite acumular capital. La inversión multiplica la productividad y abre nuevas oportunidades. Cuando estos elementos se fortalecen, aumenta el bienestar. Cuando se destruyen lo que se multiplica es la pobreza.
Por eso resulta tan paradójico observar lo que ocurre en Bolivia. Se tolera toda clase de bloqueos bajo el argumento de que quienes protestan son pobres y, por lo tanto, merecen comprensión. Pero los bloqueos destruyen precisamente los factores que generan prosperidad. Impiden trabajar, reducen ingresos, consumen ahorros, paralizan inversiones y ahuyentan capitales nacionales y extranjeros. Es una contradicción monumental. Se protesta contra la pobreza destruyendo los mecanismos que permiten superarla.
Al mismo tiempo, se exige que el Estado resuelva todos los problemas mediante la distribución de recursos. Se alienta la concentración y el estatismo para generar políticas públicas de lucha contra la pobreza. El resultado es derroche y corrupción, que vuelven a golpear a los responsables de la prosperidad: trabajo, ahorro e inversión.
Seguimos intentando entender la pobreza desde la ideología en lugar de observar la realidad. Nos obsesionamos con explicar por qué alguien es pobre, pero evitamos estudiar por qué algunas sociedades se vuelven ricas.
Si tan solo observáramos la riqueza, comprenderíamos que la prosperidad surge allí donde existen libertad económica, seguridad jurídica, conocimiento, trabajo, ahorro e inversión. No porque el Estado reparta más, sino porque la sociedad produce más.