Nuevo Paradigma

¿Quo vadis Bolivia? (Parte 2)

¿Quo vadis Bolivia? (Parte 2)
Gustavo Adolfo Aponte Zambrana | Columnista
| 2026-06-11 00:06:00

Como vimos en la entrega anterior, el Imperio Incaico y el Imperio Español eran ambos centralistas y estatistas, con una diferencia clave: el español promovía el derecho a la propiedad privada, mientras que el incaico no lo toleraba. La historia económica de la naciente República de Bolivia nos da pistas sobre su futuro. La Constitución de Bolívar y Sucre estableció la división del poder en cuatro ramas —ejecutivo, legislativo, judicial y electoral— siguiendo el modelo de checks and balances de EE. UU. Sin embargo, Bolivia mantuvo el concepto español de que el subsuelo pertenece al Estado. En EE. UU., en cambio, el subsuelo es propiedad privada del dueño, lo que fue uno de los elementos diferenciadores que impulsaron su desarrollo frente a una América Latina igualmente rica en recursos naturales.

EE. UU. declaró su independencia el 4 de julio de 1776; la Revolución Francesa comenzó el 14 de julio de 1789, trece años después. Bolivia lanzó su Grito de Chuquisaca el 25 de mayo de 1809, pero por error o prejuicio decidió copiar los conceptos de la desestructurada Revolución Francesa y no los de la Revolución Americana, que también había sido una colonia.

La Revolución Americana tuvo una visión más económica: protestó contra impuestos coloniales bajo el lema "no hay tributación sin representación". Las 13 colonias se unieron en un Congreso Continental, lo que permitió construir un sistema federal desde el inicio. Se preservó la propiedad privada de la tierra, se buscó el libre comercio marítimo y se promovió el capitalismo con las ideas de John Locke. Además, se adoptaron las ideas de Adam Smith —publicadas apenas cuatro meses antes, el 9 de marzo de 1776, en La Riqueza de las Naciones— que postulaban que son los individuos, y no los Estados, quienes generan la riqueza. EE. UU. prohibió expresamente la expropiación sin compensación justa e implementó la libertad contractual y de mercado.

La Revolución Francesa, por su parte, tuvo una visión más política que económica: propugnaba Libertad, Igualdad y Fraternidad, y buscaba redistribuir la tierra y la riqueza. El exceso de gasto del rey Luis XVI dejó a Francia casi en bancarrota. La revolución destruyó el sistema feudal, redistribuyó las tierras confiscadas y creó los assignats —papel moneda respaldado en bienes de la Iglesia—, lo que desató una hiperinflación. Para contenerla, el Estado fijó por ley el precio de todos los bienes y salarios bajo pena de muerte, generando un mercado negro. El derecho boliviano se basó más en los posteriores Códigos Napoleónicos que en los ejemplos americanos.

La independencia boliviana nació en el peor momento posible. En 1825, el mismo año de la fundación, estalló en Londres el Pánico de 1825, la primera crisis financiera de deuda de mercados emergentes. Los nuevos países latinoamericanos habían emitido bonos para financiar sus guerras de independencia, comprados ávidamente por inversores ingleses. Cuando el Banco de Inglaterra subió sus tasas de interés, quebraron más de 70 bancos ingleses y América Latina entró en cesación de pagos. Para Bolivia, esto significó que no habría créditos ni inversores para reactivar las ricas minas de plata de Potosí, destruidas tras 15 años de guerra. El país quedó excluido del crédito internacional durante 55 años.

Ante la quiebra fiscal, el presidente Sucre y sus sucesores se vieron obligados a reimplantar los viejos tributos coloniales —la Contribución Indigenal— convirtiendo el liberalismo constitucional en letra muerta. Bolivia arrancó sin industrias, con una agricultura de subsistencia, sin excedentes exportables, sin inversión tecnológica y con un Estado en quiebra.

En síntesis: del Imperio Inca al Imperio Español, y de este a la República, Bolivia heredó un modelo centralista y estatista que, sumado a la crisis global de 1825, bloqueó cualquier despegue económico en sus primeras décadas de vida independiente.

*Babson "82, excatedrático universitario

Gustavo Adolfo Aponte Zambrana | Columnista