Evo Morales repite el guión que Nicolás Maduro interpretó semanas antes de su captura: provocaciones, desafíos desde un bastión territorial y la certeza de que sus guardias lo protegerían eternamente. "Agárrenme aquí o mátenme aquí", desafió Morales desde Lauca Ñ, con la misma bravuconería con que Maduro insultaba a Washington antes de que lo sacaran esposado. A Maduro no le bastó su guardia pretoriana. Fue capturado, trasladado a Estados Unidos y Venezuela celebró en las calles. "Si es machito, que venga a Lauca Ñ", le dijo Morales al presidente Paz, ignorando que ese tipo de desafíos no intimidan a quienes ya tomaron una decisión. También advirtió que "con Evo o sin Evo, vamos a continuar" — frase que suena a epitafio más que a proclama. El problema es que nadie sabe si la captura de Evo generaría petardos de alegría o violencia en el Chapare. Con Maduro había una certeza colectiva: ya nadie lo quería. Esa certeza no existe aún en Bolivia. Los vínculos de Morales con el narcotráfico son de larga data — y acusar hoy a ministros por 100 toneladas de droga en Arica es exactamente la táctica de quien tiene mucho que esconder. El final ya fue escrito en Caracas. Solo falta saber cómo reaccionará Bolivia cuando llegue.