Los dirigentes de la COB, los grupos radicales, los bloqueadores profesionales y Evo Morales están convencidos de que los actuales conflictos conducirán a la caída del gobierno de Rodrigo Paz. Aunque lo logren, no será un triunfo, sino todo lo contrario, pues sus acciones están generando un escenario totalmente adverso a sus oscuros intereses.
El bloqueo criminal ha generado un efecto político que pocos previeron. Mientras los promotores de las protestas creen estar acumulando fuerza, una parte cada vez mayor de la población está llegando a la conclusión opuesta: que Bolivia necesita más autoridad, más decisión y una respuesta mucho más firme frente a quienes utilizan el conflicto permanente como herramienta de poder.
Si Rodrigo Paz permanece en la presidencia, saldrá políticamente fortalecido. Los acontecimientos de estas semanas han modificado la percepción ciudadana sobre el uso de la fuerza legítima del estado. Muchos bolivianos que antes defendían el diálogo a toda costa comienzan a preguntarse si tiene sentido seguir negociando indefinidamente con sectores decididos a imponer sus caprichos a cualquier costo.
Y si Rodrigo Paz no continúa, ya sea por una renuncia, un revocatorio o unas elecciones anticipadas, el escenario tampoco favorece a los sectores radicales. Por el contrario, el próximo presidente será un líder con un perfil mucho más duro, inspirado en figuras como Nayib Bukele o Daniel Noboa, con un mandato explícito para restaurar el orden y enfrentar sin contemplaciones a las estructuras identificadas con el narcotráfico, la extorsión y la violencia política.
Los dirigentes que se hacen llamar “populares” y todo el andamiaje intelectualoide que los ampara, parecen no comprender que cada día de bloqueo fortalece precisamente a quienes desean una política de seguridad más agresiva. Cada camión detenido, cada mercado desabastecido y cada familia perjudicada alimentan la idea de que el Estado debe recuperar el control del territorio y hacer cumplir la ley sin vacilaciones.
Lo más notorio es el cambio profundo en la percepción sobre el Chapare y el liderazgo de Evo Morales. Lo que durante años fue presentado como un bastión de resistencia popular es visto por una parte creciente de la ciudadanía como un espacio donde el estado perdió autoridad. Las demandas para que se investiguen los vínculos entre política, narcotráfico y movimientos sociales son hoy más fuertes que nunca.
El gran consenso que está naciendo en medio de esta crisis no es el que imaginaban los promotores de los bloqueos. El país no se inclinará hacia una profundización del modelo radical, sino hacia una demanda cada vez más intensa de orden, autoridad y seguridad.
Quizás no haya que cambiar de presidente. El mismo Rodrigo Paz está recibiendo de la ciudadanía un nuevo respaldo para actuar con mayor firmeza. Y si hubiera un nuevo mandatario, difícilmente será uno surgido de las filas del bloqueo permanente. Será alguien con más determinación para gobernar, más dispuesto a ejercer la autoridad del Estado y con un mandato claro para impedir que Bolivia continúe avanzando hacia el caos.
Esa es la paradoja de esta crisis. Quienes intentaron doblegar al gobierno podrían estar construyendo, sin quererlo, las condiciones para la llegada de un gobierno mucho más fuerte de lo que jamás imaginaron.