Dios te bendiga

Corpus Christi

Corpus Christi
Mons. Roberto Flock | Columnista
| 2026-06-05 09:05:20

«Amén, amén, les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6,53).

Estamos celebrando la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida más popularmente por su nombre tradicional en latín: Corpus Christi. La Santa Misa, celebrada en latín durante casi veinte siglos, llega a su momento más solemne y sublime cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración de la Eucaristía: «Esto es mi Cuerpo»; «Este es el cáliz de mi Sangre». En latín era: «Hoc est enim Corpus meum» y «Hic est enim calix Sanguinis mei, novi et aeterni testamenti, qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem peccatorum».

La frase de los magos: «Hocus pocus» nació como una burla de estas palabras, pero para los creyentes es Jesús mismo quien nos dice algo íntimo y profundo. También aconsejó: «No den las cosas sagradas a los perros ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos» (Mt 7,6). Sin embargo, Dios mismo no hizo caso a este consejo, porque nos dio a su Hijo único. Para convertirse en Eucaristía, se hizo «el grano de trigo que cae en la tierra y muere para dar mucho fruto» (Jn 12,24). Pero en el proceso fue torturado y triturado, como el trigo que se convierte en harina y pan.

Contemplando al Salvador, San Ignacio de Antioquía, en el año 107, escribió para que no impidieran su propio martirio: «Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como pan limpio de Cristo». De allí cantamos: «Un molino, la vida nos tritura con dolor; Dios nos hace Eucaristía en el amor» (Himno: Una espiga dorada por el sol).

«Cada panadero alaba su pan». Jesucristo no es ninguna excepción. «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo… Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6,51.53). Si tomamos en serio lo que Jesús dice aquí, entonces quienes piensan que no hace falta ir a Misa ni recibir la Santa Comunión están equivocados.

En este y otros textos, Jesús personaliza la participación en la vida eterna. «El que me come vivirá por mí» (Jn 6,57); «Yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,44); «No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!» (Lc 13,27); «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?» (Mt 22,12); «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). Y en la cruz: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,42-43).

Algo que impide a muchos bautizados comulgar es la falta del Sacramento del Matrimonio. Son presos de un concepto equivocado sobre el matrimonio religioso y desconfían de su propia capacidad para ser fieles. El remedio para nuestra debilidad es aprender a confiar en Dios. Cuando San Pablo se quejó ante Dios por «una espina clavada en mi carne, un ángel de Satanás que me hiere», Dios le respondió: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad». Por eso, añade Pablo: «Más bien me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo» (2 Cor 12,7.9).

El concepto equivocado es pensar que «Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» solo vale para quienes se casan por la Iglesia. Pero Jesús dijo muy claramente: «¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; y que dijo: Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido» (Mt 19,4-6).

Queda muy claro que no se trata simplemente de “casarse por la Iglesia”; basta con «dejar padre y madre», es decir, comenzar un proyecto propio de pareja y familia. Jesús defiende algo ligado a la Bendición Original: la dignidad tanto del varón como de la mujer en su intimidad sexual. No son desechables. Somos personas y no objetos de consumo o explotación. Dicho esto, repito: la sexualidad no es pecado original; es Bendición Original. El pecado original consiste en prescindir de la guía de Dios, usurpar su lugar y querer ser como dioses.

El sacramento del Santo Matrimonio, entonces, añade algo más a esta hermosa Bendición Original. Ese algo es el Misterio Pascual. Es lo mismo que otorga sentido a los siete sacramentos. ¡Nada de Hocus Pocus! Los sacramentos integran el misterio salvífico de la muerte y resurrección de Jesucristo en las dimensiones fundamentales de nuestra vida humana.

El Bautismo nos incorpora a la familia de Dios, la Iglesia, mediante un nuevo nacimiento por la muerte al pecado y la resurrección a una vida nueva. Por la Confirmación, el adolescente deja de ser un niño para convertirse en un adulto en la Iglesia, dueño de sí mismo, identificado como discípulo de Cristo, sellado por el Espíritu Santo y consolidado en su bautismo. La Eucaristía es nuestro pan de cada día y forma la comunidad eclesial mediante la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El gobierno y servicio de esta comunidad son ejercidos por ministros consagrados mediante el Sacramento del Orden Sagrado para actuar en nombre de Cristo y en bien de la Iglesia. Si se rompe la comunión, el Sacramento de la Reconciliación la restaura mediante un perdón que brota de la muerte y resurrección del Señor. La enfermedad y la muerte también pueden vivirse unidas al Misterio Pascual por medio del Sacramento de la Unción de los Enfermos.

Por supuesto, la unión del varón y la mujer bautizados para formar una nueva familia también se integra al Misterio Pascual para convertirse en Iglesia doméstica. Su intimidad de una sola carne es también una santa comunión, una presencia real de Cristo Jesús, quien dijo: «Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo». Es también Corpus Christi: un gran misterio, un gran sacramento que se refiere a Cristo y a la Iglesia, tal como escribió San Pablo en su carta a los Efesios (5,32).

Si en Bolivia y en el mundo apreciáramos el misterio de Corpus Christi, en vez de bloquear caminos y negar la posibilidad del diálogo para resolver nuestras diferencias, tendríamos vida en abundancia. Jesús dice que Él es el Pan de la Vida, pan partido para la vida del mundo. Si es para la vida del mundo, traerá prosperidad en todos los ámbitos: personal, económico, político y social. En el fondo, esto está ligado a otra promesa de Jesús: «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6,33).

Dios te bendiga.

Mons. Roberto Flock | Columnista