Tenía mercadería que traía desde Perú. Se negó a abandonarla. Se quedó. Treinta y dos días. Treinta y dos días varado en una carretera boliviana, durmiendo en su cabina, comiendo lo que hubiera, esperando que alguien con sentido común y un mínimo de humanidad abriera el paso. Nadie lo hizo. Y él murió.
No murió de un accidente. No murió de una enfermedad incurable. Murió de un bloqueo. Murió porque un grupo de personas decidió que su causa vale más que la vida de los demás. Murió porque Bolivia lleva semanas secuestrada por quienes confunden la protesta con el crimen, la presión política con el terrorismo cotidiano.
Fueron 32 días de tortura sistemática. El frío de las noches en el altiplano, ese frío que cala los huesos y no perdona. El hambre administrada, la comida racionada, el agua escasa. La incertidumbre de cada amanecer: ¿hoy abren? ¿hoy puedo irme? La salud deteriorándose despacio, silenciosamente, sin acceso a un médico, sin posibilidad de llegar a una farmacia, sin que nadie pudiera hacer nada porque los mismos caminos que habrían salvado su vida están cortados por quienes decidieron que el país debía pararse. Su esposa, Zulema, llora y pide ayuda para llevar el cuerpo a casa. Eso es lo que queda.
Este hombre es el sexto muerto confirmado. O el noveno, según la Defensoría del Pueblo. Antes que él, una joven de 24 años con cáncer de útero no pudo llegar desde Oruro a La Paz para su radioterapia. Murió de un tumor que sangraba sin control. Murió de un bloqueo, como ese niño de 12 años que murió arriba de una ambulancia a la que le cortaron el paso.
Y mientras estos muertos se acumulan en silencio, más de 7.000 camioneros siguen varados. Miles de buses. Conductores, pasajeros, pacientes, ancianos, niños. El abastecimiento se corta. Los medicamentos no llegan. Los alimentos se pudren. Las ciudades se quedan sin insumos. Bolivia, lentamente, se está muriendo también.
No es solo que mueran personas. Es que si el país se queda sin carreteras, se queda sin sangre en las venas. Bolivia es un país mediterráneo, encajonado, donde todo viaja por tierra. Bloquear las rutas no es protestar. Es asfixiar. Es tomar de rehén a 12 millones de personas que no tienen la culpa de nada, que solo quieren comer, que solo quieren que sus enfermos lleguen al hospital, que solo quieren que sus hijos tengan futuro.
Los que sostienen estos bloqueos saben perfectamente lo que hacen. Conocen el sufrimiento que generan. Lo calculan. Lo usan. Eso no es lucha social. Eso es crueldad con nombre propio.
Bolivia merece un debate político sobre este crimen organizado, el más infame de todos. Ninguna causa, por legítima que sea, puede cobrarse vidas inocentes como moneda de cambio. Ninguna reivindicación vale más que el chofer que murió en su cabina esperando llegar a casa.
Su nombre debe importar. Su muerte no puede quedar en el olvido. Y quienes bloquearon esa carretera deben saber que hay sangre en sus manos.
Bolivia merece un debate político sobre este crimen organizado, el más infame de todos. Ninguna causa, por legítima que sea, puede cobrarse vidas inocentes como moneda de cambio. Ninguna reivindicación vale más que el chofer que murió en su cabina esperando llegar a casa.