Editorial

La Paz sí se mueve

La Paz se precia de su inamovilidad. En el imaginario político y social paceño, la frase "la sede no se mueve" se ha convertido en un dogma de fe, en un escudo de piedra frente a los constantes embates...

Editorial | | 2026-06-03 00:03:27

La Paz se precia de su inamovilidad. En el imaginario político y social paceño, la frase "la sede no se mueve" se ha convertido en un dogma de fe, en un escudo de piedra frente a los constantes embates de la descentralización y el empuje vigoroso de los llanos. Sin embargo, mientras el Palacio Quemado, la Casa Grande del Pueblo y la pesada burocracia estatal permanecen rígidamente anclados al asfalto de la hoyada, una silenciosa y dramática paradoja se gesta en sus empinadas calles.

La sede del orgullo andino está inmovilizada y, precisamente por esa parálisis, se está moviendo. No se mueven sus ministerios ni sus discursos oficiales, pero se está mudando lo que realmente le da vida, sostenibilidad y futuro a una región: su gente, sus profesionales más competitivos, sus empresarios y su industria privada.

La historia de conflictividad en Bolivia ha encontrado siempre en el eje La Paz-El Alto su epicentro más radical, pero la normalización de la asfixia ha alcanzado un punto de no retorno. Los datos recientes de la Cámara Nacional de Industrias (CNI) constituyen el epitafio de la paciencia del sector productivo. Más de un mes de bloqueos intransigentes han dejado pérdidas acumuladas que rozan los 2.000 millones de dólares, propinando un golpe que fractura el 2,26% del Producto Interno Bruto nacional.

Cuando los líderes industriales advierten que cientos de empresas operan desabastecidas y que sectores vitales como el alimenticio y el farmacéutico se encuentran en una suerte de terapia intensiva, no solo describen una crisis coyuntural, sino que anticipan el acta de defunción del ecosistema empresarial paceño.

La realidad es que el capital privado y el talento joven, aquellos que no viven de las prebendas del Estado ni dependen de un ítem público, han comenzado un éxodo silencioso hacia latitudes donde trabajar no sea una carrera de obstáculos cotidianos. En este mapa del destierro productivo, Santa Cruz y Cochabamba aparecen como los refugios naturales dentro de las fronteras, mientras que Paraguay, Perú y Chile se consolidan como los destinos definitivos para las inversiones que huyen del colapso logístico.

Si la inercia actual persiste y la cultura del bloqueo se mantiene como la única moneda de cambio político, el ejercicio de futurología para La Paz es sombrío. De continuar este rumbo, la histórica sede de gobierno corre el riesgo de convertirse en un imponente pero vacío cascarón administrativo, habitado mayoritariamente por una masa burocrática estatal, el comercio informal de mera subsistencia y los mismos movimientos sociales que la cercan.

Al expulsar de manera sistemática a su masa crítica de creadores de empleo y debilitar el cordón manufacturero de El Alto, La Paz pasará a depender enteramente de la producción externa, encareciendo los costos de vida y profundizando el desabastecimiento crónico de sus ciudadanos. La ironía histórica de este escenario es implacable y dolorosa. Aquellos sectores radicales que cierran las carreteras bajo la premisa de defender al pueblo son los mismos que están logrando desterrar al motor que sostiene el empleo de miles de familias paceñas.

La Paz insiste tercamente en que la sede es inamovible, olvidando que el capital, la innovación y el trabajo son fluidos por naturaleza. Al final de los días, los ladrillos coloniales y las oficinas gubernamentales se quedarán exactamente en su sitio, pero la riqueza y el porvenir habrán empacado sus maletas.