Bolivia atraviesa un síndrome de abstinencia colectivo. Durante años, una parte de la sociedad se acostumbró a sobredosis de una droga particular: el clientelismo, el subsidio sin límite, la economía artificial sostenida por reservas internacionales que hoy se han agotado. La droga se acabó, no porque el terapeuta sea severo, sino porque simplemente ya no existe. Ahora los drogadictos exigen cambiar de médico, buscan a otro que les siga suministrando lo mismo y en las mismas cantidades. Pero ningún nuevo dispensador -por más que sea uno de los suyos-, tendrá qué ofrecer: las arcas están vacías. El destino del adicto sin tratamiento es conocido: primero vende lo que tiene, luego roba a los suyos, finalmente cae en la indigencia. Un país que normaliza la dependencia económica como modelo de gobierno termina exactamente igual: en los márgenes, sin credibilidad, sin reservas y sin que nadie confíe ya en él. ¿Qué hacemos? ¿Vamos a permitir que unos cuantos nos arrastren a todos a los canales de drenaje?