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El tren y la verdad incómoda

El tren y la verdad incómoda
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2026-06-02 07:17:22

El tren vuelve a funcionar después de seis años y, como era previsible, aparecen los oportunistas de siempre buscando un lugar en la fotografía inaugural. Sonrisas protocolares, discursos emotivos y una necesidad desesperada de algunos personajes de sentirse protagonistas de algo que jamás construyeron.

Porque así somos: nos encanta aparecer cuando la locomotora ya está en marcha. Sin embargo, pocos hablan de lo realmente importante.

Muy pocos se detienen a analizar lo que significa que una empresa ferroviaria lleve más de 30 años operando, invirtiendo, modernizando infraestructura, moviendo carga, generando empleo y recuperando un servicio de pasajeros que fue esencial para la integración regional.

Más incómodo aún resulta aceptar una realidad que en Bolivia suele considerarse una herejía económica: las empresas estratégicas pueden funcionar correctamente cuando son administradas con visión empresarial y no con intereses políticos.

Ahí comienza el verdadero debate que muchos prefieren evitar. Mientras algunos utilizan el retorno del Expreso Oriental como escenario para discursos coyunturales, lo que debería llamar la atención es la existencia de una empresa que durante tres décadas ha sostenido operaciones ferroviarias en uno de los países más complejos de la región para invertir y producir.

Treinta años de trabajo continuo. No tres meses de relato político ni una administración improvisada cargada de consignas ideológicas. Treinta años después de asumir la responsabilidad de recuperar y modernizar lo que fue ENFE, una estructura estatal que terminó reflejando las limitaciones de un modelo donde la política pesaba más que la eficiencia.

Pocos comprenden la dimensión estratégica del sistema ferroviario para Bolivia. No se trata únicamente de mover pasajeros o mercancías, sino de administrar una infraestructura clave para la integración territorial, el comercio exterior, la producción y el desarrollo económico.

Precisamente ahí radica el mérito de estas tres décadas: haber transformado una concesión ferroviaria en una operación funcional, sostenible y capaz de generar conectividad y oportunidades para miles de bolivianos.

Y eso demuestra algo que todavía cuesta aceptar: cuando existe administración técnica, planificación y responsabilidad financiera, las empresas estratégicas pueden convertirse en verdaderos motores de desarrollo. No en botines políticos, agencias de empleo partidario o cajas chicas electorales.

El retorno del servicio de pasajeros no es solo una noticia para la nostalgia ferroviaria. Representa una decisión que combina responsabilidad social, integración territorial y una visión estratégica del turismo y el desarrollo regional.

Hay comunidades que necesitan este servicio. Hay familias que vuelven a conectarse. Hay comerciantes, artesanos y emprendedores que encuentran nuevas oportunidades económicas gracias al tren. También hay turistas que podrán redescubrir la Chiquitania desde una perspectiva única.

Mientras algunos buscan protagonismo político pasajero, el verdadero protagonista sigue siendo el mismo: una infraestructura ferroviaria que continúa funcionando gracias a la estabilidad administrativa y a una visión empresarial sostenida en el tiempo.

Esa es la parte incómoda de esta historia. Porque obliga a reconocer algo que muchos discursos estatistas intentaron negar durante años: cuando las empresas son manejadas con eficiencia y objetivos claros, no solo se beneficia el inversionista. Se benefician las regiones, la economía y el país entero.

Por eso resulta irónico tener que recordar algo tan elemental: una empresa que funciona correctamente debería ser motivo de orgullo nacional y no de sospecha política. Mientras tanto, el tren volvió a partir. Y las vías férreas vuelven a recordarnos una verdad simple: el desarrollo no llega con discursos, sino con instituciones y empresas capaces de sostener proyectos durante décadas.

Alberto De Oliva Maya | Columnista