Rodrigo Paz pide paciencia y confianza. Asegura que en pocos días terminará el sufrimiento de La Paz y que el país encontrará una salida pacífica a la crisis. El problema es que los bolivianos han escuchado demasiadas promesas mientras enfrentan bloqueos, escasez, incertidumbre y una economía cada vez más frágil. Pedir confianza en estas circunstancias es parecido a que el piloto de un avión que va en picada les diga a los pasajeros que mantengan la calma porque el aterrizaje será suave y sin contratiempos. Tal vez tenga razón, tal vez logre estabilizar la nave, pero desde los asientos la realidad se ve muy distinta: las turbulencias son evidentes y el miedo es comprensible. Sin embargo, a los bolivianos no les queda otra que esperar y observar si las palabras se convierten en hechos. La esperanza sigue siendo necesaria, aunque ya no alcanza por sí sola. Y quien no vea la situación de esa manera, más vale que empiece a rezar. Después de todo, la oración nunca está de más y, en tiempos difíciles, suele ser uno de los pocos refugios que todavía quedan.